Elegidos en la gloria

Seis villaclareños participaron en las acciones del 26 de Julio de 1953, cinco de ellos ofrendaron sus vidas

Seis villaclareños combatieron en las acciones del 26 de Julio de 1953. Cinco en la fortaleza Moncada, en Santiago de Cuba: Abel y Haydee Santamaría Cuadrado, Osvaldo Socarrás Martínez, Roberto Mederos Rodríguez y Elpidio Sosa González, y uno en el ataque al Cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo: Pablo Agüero Guedes. Ellos son recordados por la inmensidad de su entrega.

Quienes conocieron a Abel Santamaría lo tienen tan dentro de sí que parecen hablar de un ser vivo y no de alguien que murió hace 58 años. En encrucijada, su tierra natal, Francisca Suárez -Paca, su nana- cree acunarlo aún. “Siempre me pedía que le hiciera cuentos y yo le decía: ‘se me acabó el repertorio, tú crees que yo soy cuentista’. Una vez me dice que lo acostara, yo estaba atareada y lo mando a buscar el piyamita que está en el clavito detrás de la puerta, y me contesta; ‘no es que  le tengo miedo a los “pantasmas”. Mire usted, él con miedo a la oscuridad  y después el segundo del Moncada”

Eulalia Vega lo nombra “El Polaco”, tal como le decían de joven en pueblo, por ser rubio y de grandes ojos azules. “Es verdad que me enamoró, pero no fui su novia -reconoce- porque la muerte y las circunstancias no lo permitieron. Otros lo evocan escuchando las arengas de su coterráneo -el líder obrero Jesús Menéndez- en el Central Constancia. En el museo Casa Natal se muestra la carta de renuncia como empleado de la tienda del ingenio, donde pone como excusa que otros caminos debe emprender en la vida, para ese entonces conocía las ideas de Martí, sabía de la libertad y soñaba con la justicia.

Según cuenta Lucila Lima, hija de Eusebio Lima, maestro de Abel, la última vez que estuvo en el pueblo vino a su casa. “Mi padre, que lo conocía bien, comentó que le había sorprendido la madurez del muchacho, que su pensamiento era otro,  muy radical, esa visita sucedió días antes del asalto al Cuartel Moncada”.

Al hablar sobre otro de los elegidos, Aida Sosa y Emilio Guirola confiesan que se les hace un nudo en la garganta.  A ella el corazón se le vuelve miel al hablar de su primo más querido y a Emilio le cuesta rememorar al amigo de la niñez.

Ambos evocan a Elpidio Sosa con la mayor de las noblezas, y con el dolor latente, como si el tiempo no hubiera pasado.

“Tenía por virtud la de ser justo hasta el infinito, no le gustaban los atropellos, ni los abusos, era una persona íntegra, recta, honesta”, precisa ella.

“Mi tía nunca se recuperó de la pérdida, comenta Aida. Yo lo sentí tanto que a veces lo he llorado en mi soledad, es que era un ser humano especial al punto de vender su empleo por 300 pesos. Esa acción dice mucho de su carácter, de lo que estaba dispuesto a dar , incluso morir”, asegura él.

Emilio con más ecuanimidad  habla del muchacho que  compartió la secundaria y que tuvo que dejar los estudios para ayudar a la familia, pero que se hizo mecanógrafo, taquígrafo y aprendió inglés para superarse, “luego se fue para La Habana, simpatizaba con Eduardo Chibás, era miembro del Partido Ortodoxo y conoce a Fidel, de ahí al Moncada solo fue un paso”, aseguró el amigo que es también esposo de la prima.

Aida lo escucha emocionada y apunta “cuando supimos de su muerte yo temblaba, aún siento el escalofrío de aquel día,  diría que experimenté rabia, odio, impotencia, lloré…  Eran muchos sentimientos unidos y ninguno positivo hasta que me dije: te toca hacer a ti lo que él ya no puede. Me incorporé a la lucha, formé parte del movimiento 26 de Julio en Sagua la Grande y participé en la huelga del 9 de abril de 1958 como una combatiente activa, esa era la única forma de honrarlo”.

De Sagua la Grande, es oriundo también Roberto Mederos. Su prima Petra Rodríguez considera que no es la persona más indicada para hablar del mártir, pero a pesar de ello en su conversación  el recuerdo fluye y deja ver  quien fue uno de esos elegidos  que estuvo entre la pólvora y la metralla.

Al hablar, Petra tiene humedecidos los ojos, su voz es suave  -ello incluye la modestia del testimonio- y aclara “no se mucho… Solo puedo contar que nuestra abuela  nos reunía a todos en “Nochebuena”. Roberto era el entusiasmo de la fiesta y de aquellas comidas donde todos -absolutamente todos- teníamos que participar, él y los suyos venían de La Habana donde ya vivían”.

“Adoraba a la madre. Ella, no miento si digo que a pesar de tener otros  hijos lo veneraba, eso si,  había razones: su carácter llano, animado, con el don de dejarse querer”, dice y  a pesar de que el recuerdo le invade busca otras ideas en la memoria.

“Su muerte sorprendió. La familia más cercana lo hacia por esos días en Varadero en un velero. Que cosa más dispar, de la playa más linda del mundo a la realidad más cruel: la muerte en un combate  desigual en Santiago de Cuba”,  afirma esta mujer  y sigue hurgando en sus pensamientos

“Luego  su propia madre razonaba que aquello de regresar tarde en la noche con la ropa enfangada era porque estaba en las prácticas de tiro”.

“Nunca me lo hubiera imaginado con un fusil en la mano pero ya ve usted cuando tuvo que decidir, lo hizo hasta el punto de entregar la vida. Hasta después de muerto Roberto nos sorprendió  cuando supimos de su hidalguía, la entereza y el valor de aquella acción donde dejo la vida,” afirma y en sus ojos han comenzado a asomar   las lágrimas.

Felicia, la hermana de Osvaldo Socarrás Martínez,  sigue viviendo en el mismo lugar  donde  se fundó su familia, en la  barriada del Carmen, en Santa Clara, sus recuerdos se remontan a la humildad de su casa y la discriminación por el color de la piel.

“Mi hermano solo pudo estudiar hasta el quinto grado en una escuela pública, limpió zapatos, recogió botellas, fue barbero. En 1934 decidió irse para La Habana en buscar de mejores horizontes, allí se convierte en parqueador de autos en el Parque de la Fraternidad, donde entabló amistad con los hermanos Ameijeiras, Roberto Mederos, Pablo Cartas y otros jóvenes que tenían inquietudes revolucionarias. Es de los que  repudió el  golpe de Estado del 10 de marzo de 1952”.

Según investigaciones realizadas sobre la personalidad de Socarrás Martínez, se ha conocido que realizó declaraciones al periódico Hoy, órgano del Partido Socialista Popular, donde denunciaba los males de la época: “Gano menos que antes del 10 de marzo y paso más hambre. Vivo peor. Este gobierno no ha cumplido nada de lo que prometió al pueblo”, así se recoge en las crónicas de la época.

“Quería luchar, reconoce Felicia, y rebelarse contra el régimen. Un día se lo hizo saber a nuestro padre durante la última visita que realizó a Santa Clara, cuando ya estaba involucrado en la lucha. Le dijo: ´viejo, conocí al hombre que dará la libertad a Cuba. Es Martí en persona´. Se refería a Fidel”, aclara.

“Se sabe que abandonó el Parque de la Fraternidad  junto a Juan Manuel Ameijeiras, Pablo Cartas, Roberto Mederos, Gerardo Álvarez y Félix Rivero. Iban en un auto Chevrolet. Después vino lo peor. Supimos que él fue uno de los asesinados en el cuartel”. En este instante y a pesar de haber transcurrido décadas en la voz de Felicia hay aún ira por la muerte injusta del hermano y orgullo por la gloria de haber servido a la Patria.

Para la posteridad, sobre Osvaldo Socarrás ha quedado el recuerdo de Melba Hernández, la Heroína del Moncada, quien diría: “Fue la última persona que vi, y observé que no obstante ser un hombre ya maduro tenía una expresión resuelta y entusiasta, que no se diferenciaba en nada a la de sus compañeros mucho más jóvenes”.

De Pablo Agüero Guedes hay pocos recuerdos en Caibarién donde nació el 9 de agosto de 1935. A los tres  años sus padres se trasladan para La Habana y se instalan allí. Asistió a la escuela pública y llegó a alcanzar el sexto grado, pero no pudo continuar sus estudios por tener necesidad de incorporarse al trabajo para ayudar a sostener el hogar.

Su primera labor la desempeña en un quiosco de la tenería La Lisa, y pasa después al sector de la construcción como aprendiz. Se sabe que Pablo siempre estuvo interesado por su superación cultural y política, y en el poco tiempo que le quedaba libre se dedicaba a la lectura. Siempre prefirió los temas sobre la Gran Revolución Socialista de Octubre. Estuvo ligado al también mártir Hugo Camejo. En la noche del 24 de julio parte con este y otros compañeros para Bayamo donde tenían señalado atacar y tomar el cuartel de dicha ciudad como apoyo al grupo asaltante del Moncada. En la acción ofrenda su vida.

En Caibarién cada año, frente a su casa natal, se le rinde homenaje a este joven que con solo 17 años  se convirtió en símbolo de la juventud cubana. José Perdomo Pérez, combatiente del municipio,  habla de la participación de Agüero Guedes y su familia  en las acciones del 26 de Julio de 1953.

“Pablo era el menor de nueve hijos, su madre, Justa Guedes Esquirol, se casa con Ñico San Román que tenía ideas socialistas, y las inculca a todos los muchachos. Tres combatientes salen de esa casa para las acciones del 26 de Julio, Rolando San Román de la Llana, hermano de crianza de Pablo y el que fuera su cuñado, Lázaro Hernández Arroyo”.

A Haydee Santamaría la vimos después del triunfo fundar y hacer, se le recuerda como una mujer de temple y coraje, siempre enérgicamente dulce. Solo ella podría haber soportado la muerte del novio, la tortura y el asesinato del hermano entrañable, la cárcel… Ella también fue una elegida.