Golpe de deuda

Lo que no logró la justicia italiana en más de una década, lo consiguió en pocos días la descomunal deuda pública: sacar del Palacio de Chigui a su más antiguo ocupante y reemplazarlo por un tecnócrata de dudoso pasado

En calidad de gendarme financiero, Mario Monti asumió la jefatura del Gobierno italiano con la misión —encargada por la última Cumbre del G-20— de reducir los gastos del país mediterráneo ante el auge del saldo del Estado, demostración de que cuando los valores bursátiles traspasan el umbral del riesgo la democracia toma vacaciones.

Con su renuncia, Silvio Berlusconi, el político local de mayor permanencia en el poder desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en el quinto mandatario europeo en rendir el cetro ante las presiones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Central Europeo (BCE). Antes habían claudicado los gobernantes de Irlanda, Portugal, Eslovaquia y Grecia, por no contar al español José Luis Rodríguez Zapatero, quien renunció a presentarse a elecciones para un tercer mandato.

Con un saldo negativo de 1,9 billones de euros y 300 millones de intereses con vencimiento en el año 2012, la deuda soberana de Italia constituye el 120 % del producto interno bruto de la cuarta economía del continente y la octava del mundo, razón convincente para que los acreedores de Roma impongan un “ajuste técnico” ante la incapacidad de las autoridades para revertir la situación y del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) de implementar un rescate monetario al estilo griego.

La dimisión del gobernante italiano —algo intentado sin éxito por los fiscales durante más de una década— confirma que la crisis de la moneda comunitaria resolvió en pocos días una ilusión largamente negada a la justicia, a pesar del rosario de denuncias acumuladas por Berlusconi, entre las que se cuentan falsos testimonios, evasión de impuestos y relaciones sexuales con menores.

Autodefinido como el “modificador de la historia nacional”, el también magnate mediático poco después de firmar su renuncia llamó a “frenar la Europa de los tecnócratas”, al tiempo que una pieza clave de su imperio, el diario milanés Il Giornale, aseguró que el Gobierno del nuevo primer ministro, Mario Monti, era el resultado de un “golpe de Estado”.

Más preocupados por rescatar la confianza de los mercados que la voluntad de los electores, la jerarquía de la Unión Europea, fuertemente enlazada al poder financiero alemán, apela a tecnócratas capaces de gestionar la crisis, concebida desde Bruselas con una visión administrativa, en la que Monti no es una excepción.

Senador vitalicio, exdirector europeo de la Comisión Trilateral, miembro de la directiva del enigmático Club Bilderberg y asesor de la firma bancaria norteamericana Goldman-Sachs durante la época en que esta institución financiera enmascaró el déficit fiscal de Grecia, Mario Monti parece hecho a la medida para encarar las penas económicas de Italia a favor de los rígidos patrones germanos y, por extensión, en beneficio de los capitales norteamericanos.

Coincidentes con los banqueros de Frankfurt, las proyecciones de Monti responden a la línea trazada por el grupo de poder encabezado por la canciller alemana, Ángela Merkel, y el mandatario francés, Nicolás Sarkozy, quienes poco antes de la Cumbre del G-20 en Cannes y temerosos de una posible devaluación de la moneda comunitaria, trazaron las estrategias continentales para preservar el liderazgo franco-germano sobre el resto de las naciones integrantes de la zona euro.

En este empeño contaron con la colaboración de dos antiguos ejecutivos de Goldman-Sachs: el nuevo presidente del Banco Central Europeo, el italiano Mario Draghi y el nuevo primer ministro griego Lucas Papademos, exponentes de la tendencia destinada a imponer a Europa una austeridad equivalente a la miseria con el fin de preservar los dudosos beneficios de la moneda única.

Para varios analistas europeos las evidencias demuestran que nada hubo de casual en la crisis griega, como tampoco que tres antiguos funcionarios de la misma firma norteamericana que especuló contra el euro aparezcan como salvadores de economías en crisis: extraña muestra del absurdo, con que los criminales imponen a todos su justicia, cuando la democracia no cotiza en la bolsa.