Sara Rosales Alarcón

Una guajira bien plantada

Al decir de quienes la conocen nació para el desconchado de ostiones. Para ella el trabajo no tiene secretos

Sara Rosales Alarcón apenas sobrepasa los 60 años, pero asegura que es dicha llegar a viejo, como si vislumbrara la felicidad que la acompañará en el resto de sus días. Natural del barrio de San Nicolás Unión 11, en plena ciudad de Manzanillo, tuvo de niña muchas desdichas, y la principal fue que sus padres se divorciaran. “Cuando ‘se dejaron’ los viejos, los varones, que eran cinco, se fueron con papá y las tres hembras nos fuimos con mamá”. A partir de ahí, y con sólo cuatro años, la vida le cambió drásticamente.

De chiquita sufrió la mayor pobreza y se sentía morir en aquellos días en que su mente infantil volaba hasta Cayo Mégano, donde su padre pescador se había ido a vivir con sus hermanos varones. Malamente había aprendido a leer y escribir y eso la hacía sufrir, tanto como ver a su hermana más chiquita espantarle los mosquitos a la madre, para que la pobre mujer pudiera tejer redes para los pescadores de la zona.

El mayor rigor signó por siempre su vida y aunque no recuerda cuándo, “sólo que era muy pequeña”, tuvo que irse a una casa de familia pudiente a lavar, planchar, cocinar y limpiar por 3,50 pesos mensuales. Y también niña, tuvo su primera “colocación oficial” en una fábrica de calzado, donde le untaba el pegamento a las suelas de las botas que allí se producían.

Ni muñecas, ni juego de las casitas tuvieron Sara o alguna de sus hermanas. “Yo nunca pensé en cómo sería mi fiesta de quince, pues mi mente infantil no tenía tiempo para eso”, me asegura hoy.

Pero en enero de 1959 las cosas comenzaron a cambiar, y dos o tres años después, cuando ella tenía 17 o 18, su padre recibió allí una confortable vivienda y se llevó también con él a las tres muchachitas.

“Allí me enamoré y me casé. Allí tuve a mis tres hijos y en 1968 comencé mi vida vinculada a la pesca, aunque a los pocos meses tuve que dejar el trabajo del camarón porque no tenía quién me cuidara los muchachos. Pero como hacía falta el dinero, desconchaba el ostión. Ya en 1981 comencé en el Combinado Pesquero de Manzanillo...y aún me mantengo en ese centro”.

Por su color, Sara no podría negar su origen del oriente cubano. Su hablar aguajirado, caminar y ademanes resueltos indican que su procedencia es de trabajo. Su vestido, sus uñas, su peinado demuestran femineidad sin límites.

Al decir popular, Sara nació para el desconchado de ostiones. Su habilidad es proverbial por toda la zona del sur de la provincia oriental de Granma. Cuando está con el ostión nadie la supera y aunque ahora labora en tareas industriales, jamás olvida sus comienzos.

En 1983, a sólo dos años de incorporarse al Combinado Pesquero, es elegida Vanguardia Nacional entre los trabajadores de la pesca y gana un viaje a Hungría y Checoslovaquia. A partir de ahí, todos los años alcanza igual distinción y en 1996 le entregan la estrella de Heroína del Trabajo de la República de Cuba.