Los pétalos de la amapola

La destruida economía afgana encuentra en las rutas del narcotráfico una lucrativa forma de subsistencia, pero al mismo tiempo un obstáculo para los que buscan los caminos de la paz

“Afganistán no puede ser estable mientras dependa del narcotráfico”, afirmó en Viena el secretario general de Naciones Unidas, el coreano Ban Ki-Moon al clausurar la Conferencia Internacional de Combate al Narcotráfico, en la que el máximo dirigente de la ONU calificó el comercio ilegal de opio como el único sustento viable de la economía afgana.

De acuerdo con investigaciones de organismos internacionales, desde la invasión del país por tropas de la coalición internacional liderada por Estados Unidos, el cultivo de la amapola mantiene un ritmo de crecimiento anual del 7 % y los niveles de exportación a través de redes clandestinas totalizan un valor de 2 mil 400 millones de dólares.

Más allá de los discursos y las cifras expuestas en la capital austriaca, el certamen organizado por la Oficina de Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC) reconoció que el tráfico ilícito de opio —materia prima fundamental de la heroína— constituye un fenómeno lucrativo que genera cuantioso recursos financieros que estimulan la corrupción y el lavado de dinero.

Semejante revelación apuntala una reciente declaración de una comisión de juristas de Naciones Unidas, la que consideró que cada año bancos de Europa y Estados Unidos blanquean más de 100 mil millones de dólares procedentes del narcotráfico.

Datos de Naciones Unidas certifican que antes de la agresión encabezada por Washington, Afganistán producía unas 185 toneladas de opio, lo que contradice la supuesta prohibición del cultivo de amapola atribuida al régimen talibán, cuyos efectivos protegieron las plantaciones, incluso en la inmediaciones de Kandahar, ciudad considerada el centro espiritual por excelencia del integrismo islámico en la nación centro asiática. Cinco años más tarde, los volúmenes cosechados se multiplicaron 32 veces.

Se cuenta que debido a la despreciable demanda interna de opio,  la ortodoxia islámica toleró el cultivo de la materia prima fundamental de la heroína dentro de la rígida reglamentación religiosa, aplicable al hachis o marihuana, cuyo empleo como droga se remonta en el mundo árabe a los tiempos de las Cruzadas, cuando el denominado cáñamo indio era empleado por la célebre secta de Hassan Al-Sabbah, de la que se deriva el término asesino.

Además del crimen organizado, en las rutas de la amapola afgana, —base de más del 95 % de la producción mundial de heroína— intervienen desde hace varias décadas servicios de inteligencia extranjeros, importantes transnacionales e intereses financieros que controlan el espacio geopolítico y militar de las drogas con un rigor similar a los mayores oleoductos del planeta.

Desde fines de los años 70 del pasado siglo la producción del opio afgano y su transformación en heroína sirvió para financiar a los grupos insurgentes radicados en campamentos de refugiados al oeste de Pakistán, base de las fuerzas opositoras a la presencia militar soviética. De acuerdo con informes desclasificados por la CIA, en menos de tres años Washington gastó más de dos mil millones de dólares en el abastecimiento de los rebeldes.

En el plano de la política doméstica, el narcotráfico tiene implicaciones de peso, dados los nexos familiares de importantes figuras políticas afganas, como el gobernador de Kandahar, Ahmed Wali Karzai, hermano menor del presidente, quien muriera asesinado por uno de sus guardaespaldas en julio del pasado año.

El pequeño Karzai, empleado por el Pentágono para reclutar una fuerza paramilitar después del derrocamiento de los talibanes y denunciado por The New York Times como agente de la CIA, controlaba las rutas de la heroína, con conexiones en Europa y Estados Unidos, donde atesoró una considerable fortuna.

En medio del juego político y bajo las influencias de un año electoral, en Afganistán y en Estados Unidos, ambos gobiernos intentan encontrar el camino hacia la pacificación del país a toda costa, incluso con la intensificación de los contactos con sus más encarnizados enemigos.

Pero la senda de la paz esta cubierta por el rojo de la sangre derramada en largas décadas de guerra y los lucrativos pétalos de la amapola, extremos significativos de la prolongada pugna de intereses mantienen un duelo silencioso, confrontación de aliados y rivales preocupados por impedir que un definitivo adiós a las armas les prive de amasar tan cuantiosas fortunas.

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amasar tan cuantiosas fortunas, DE LOS DIRIGENTES AFGANOS...