Pistolas eléctricas: aval siniestro


Crímenes e impunidad con las “inofensivas” pistolas taser

La noticia sorprendió y a la vez alarmó a todos los que la conocieron: una muchacha de 20 años quedó en coma después de que un policía del estado de Florida, en Estados Unidos, la derribó al suelo al dispararle por la espalda con una sonda eléctrica Taser.

Y no es una denuncia de palabra, sino lo revela con todos los detalles un video en el que el policía le cae atrás a la chica y le dispara como si tirara al blanco.

En las imágenes la víctima, Danielle Maudsley, quien había sido arrestada por sospechosa de robo, intenta incorporarse, gritando y llorando, pero sin lograrlo, para caer inmediatamente en la inconsciencia. Los médicos no saben si saldrá de ese estado alguna vez.

Al bárbaro acto se acompañó de otra noticia no menos bárbara: el autor del hecho, el policía Trooper Daniel Cole, fue absuelto de toda culpa.

Hechos como este recuerdan otro incidente del que se cumple este año una década: la brutal paliza que una veintena de policías de los Ángeles le propinaron al joven negro Rodney King.

No sirvió tampoco que el brutal episodio fuera recogido en una filmación casera. En el primer juicio efectuado en abril de 1992 todos los acusados fueron absueltos, lo que ocasionó violentos disturbios con un saldo de 58 muertes. En un segundo proceso, dos policías fueron condenados y otros dos declarados sin culpa.

Son dos entre muchos ejemplos de cómo en la nación norteña se pisotea la justicia.

Pero las famosas pistolas eléctricas tienen ya un aval siniestro.

Recientemente Amnistía Internacional denunció que 500 personas habían sido asesinadas en Estados Unidos con este tipo de arma cuyo uso es defendido por las agencias de seguridad de ese país alegando que las tasers pueden ayudar a salvar vidas porque someten a los sospechosos poco cooperativos.

Un ejemplo de lo contrario es el asesinato con este tipo de artefacto del ciudadano Johnnie Kamahi Warren, de 43 años, quien estaba desarmado y ebrio cuando fue detenido por un policía que le aplicó dos descargas e inmediatamente el agredido dejó de respirar.

También falleció Allen Kephart, detenido por una infracción del tránsito en California, a quien tres agentes le aplicaron 16 descargas de sus “inofensivas” armas disuasivas.

Parece que la “nueva tecnología” para poner orden es del agrado de los uniformados y los motiva a actuar como en un videojuego, donde pueden darse el gusto de derribar, sin la menor consecuencia a los que amenazan con perturbar el orden, sean  presuntos delincuentes o ciudadanos inocentes. Nada les importa que los médicos hayan alertado de los peligrosos efectos de estos “juguetes” cuyas descargas en el cuerpo humano aumentan el riesgo de serias  reacciones cardiacas y respiratorias.

Así se comportan los paladines de los derechos humanos, a los que estos evidentes abusos policiales no les provocan ni un leve sonrojo.