Vergonzosa usurpación

Las aspiraciones coloniales de Gran Bretaña sobre las naciones de América   conforman una larga historia   de injerencia y subestimación permanente   del derecho de nuestros   pueblos

Las aspiraciones coloniales de Gran   Bretaña sobre las naciones de América   conforman una larga historia   de injerencia y subestimación permanente   del derecho de nuestros   pueblos. No pocos estudiosos han   revelado cómo en la primera mitad   del siglo XIX el Banco de Inglaterra   (fundado por el pirata William Paterson)   respaldó el señorío esclavista   de Brasil, urdió la balcanización   de las Provincias Unidas del Río de   la Plata y, junto con Estados Unidos,   conspiró contra la Federación Morazánica   y la Gran Colombia bolivariana.   

Un revelador artículo del periodista   argentino José Steinsleger   ha sacado a la luz, cómo en la segunda   mitad de esa misma centuria   Inglaterra financió también la   guerra de la Triple Alianza contra   Paraguay y facilitó el apoyo al militarismo   chileno, que en la contienda   del Pacífico despojó a Perú   de territorios sureños y dejó a Bolivia  sin mar.   

Hoy sabemos también que en un   pasaje tristemente memorable, el 2   de enero de 1833, el capitán John   James Onslow, de la Armada británica,   comunicó a las autoridades argentinas   destacadas en las Malvinas,   y representadas ante él en la persona   del capitan Pinedo, que: “cumpliendo   órdenes del Almirantazgo,   tomo posesión de estas Islas dentro   de las próximas 24 horas. Le solicito   que arríe el pabellón de su nación y   abandone estas aguas con su buque,   tripulación y todas las personas que   quieran acompañarlo”.   

Descubrimiento y colonización por España 
 

El archipiélago de las Islas Malvinas   fue descubierto por Fernando   de Magallanes en el año 1520. Entre   esta fecha y 1811 se sucedieron 32   gobernadores españoles, reemplazados   definitivamente cuando la guarnición   allí destacada fue adscripta a   la defensa de la monarquía ibérica   en el territorio continental aledaño,   con motivo de la entonces recién iniciada   Guerra de independencia que   dio lugar a la actual República Argentina.   

A partir de ese momento, la nueva   nación consideró a las Islas parte   integrante de su territorio, heredado   de España bajo el reconocido   principio de sucesión de Estados,   por lo que en 1820 las autoridades de   la naciente República se instalaron   físicamente allí.   

Ante este acto soberano Londres   no le formuló a Buenos Aires cuestionamiento   alguno respecto a su   jurisdicción sobre las Malvinas; cinco   años después reconoció al nuevo   Estado sudamericano y ambos países   establecieron relaciones diplomáticas.   

Antecedentes de una ocupación ilegal   

El conflicto actual comenzó cuando,   en enero de 1833, la Marina Real   británica expulsó del archipiélago   a las autoridades argentinas, mediante   un acto de fuerza ejecutado en   tiempo de paz y sin aviso previo.   

Pero la disputa entre la República   Argentina y el Reino Unido de   la Gran Bretaña e Irlanda del Norte,   respecto a la soberanía sobre las   Malvinas (Falkland para los británicos),   solo comenzó a visibilizarse   internacionalmente a partir de la   Declaración sobre la concesión de la   independencia a los países y pueblos   coloniales, aprobada por la Asamblea   General de las Naciones Unidas   en el año 1960.   

El documento proclamó “la necesidad   de poner fin, rápida e incondicionalmente,   al colonialismo en   todas sus formas y manifestaciones”;   y en el orden práctico posibilitó la   inclusión del tema en el proceso de   descolonización, bajo el título Cuestión   de las Islas Malvinas, entendida   como la querella entre Argentina y   el Reino Unido por estos territorios,   Georgias del Sur, Sandwich del Sur   y los espacios marítimos circundantes.   

Tomando en consideración los   fundamentos históricos y jurídicos   expuestos por Buenos Aires, en el   año 1964 el Comité Especial de Descolonización   recomendó a los dos   Gobiernos iniciar negociaciones bilaterales,   a fin de encontrarle una   solución pacífica al diferendo.   

Un acuerdo similar fue adoptado   en 1965 por la Asamblea General de   las Naciones Unidas, y desde entonces   el llamado de la ONU a la negociación   bilateral ha sido reiterado   por incontables resoluciones.   

La Guerra de las Malvinas   

El contencioso por la jurisdicción   sobre las Islas derivó en un enfrentamiento   bélico entre ambos Estados   en el año 1982, que costó la   vida a 649 argentinos y a 255 británicos.   

Desatado por una de las más   cruentas dictaduras militares que ha   padecido el pueblo de la nación austral,   el lamentable episodio ha sido   posteriormente utilizado como justificación   por el Gobierno británico   para evitar someterse a las demandas   de las Naciones Unidas.   

Medidas de naturaleza militar   adoptadas por Londres sobre estos   territorios determinaron recientemente   la denuncia del Gobierno encabezado   por Cristina Kirchner ante   la ONU.   

Las acciones británicas violan la   Resolución 31/49 de la Asamblea General   de la ONU, que insta a las partes   a abstenerse de introducir modificaciones   unilaterales mientras   que el proceso de descolonización   no haya concluido. En este contexto,   Gran Bretaña se niega también   una vez más a aceptar la invitación   formulada por Argentina de iniciar   negociaciones para una solución definitiva   del conflicto.   

La injustificable justificación británica   

Hoy Londres proclama que aceptaría   negociar la solución de la controversia,   solo si así lo deciden los   habitantes de las Islas, pretendiendo   trasladar el diferendo al marco de un   supuesto derecho a la autodeterminación   del cual estos gozarían.   

Pero según establecen expresamente   las Naciones Unidas en los documentos   referidos a la Cuestión de   las Islas Malvinas, no son los deseos   de los habitantes, sino sus intereses,   los que deben ser tenidos en cuenta   durante la solución del conflicto. La   lógica de este enunciado radica en   que la ONU entiende que no tiene   derecho a la autodeterminación una   población trasplantada por la potencia   colonial, como es la actual, asentada   en estos enclaves luego de que   los anteriores pobladores, de origen   argentino, fueron expulsados tras   la ocupación militar ejecutada por   Londres.   

Este cambio del discurso británico   no solo revela la fragilidad de   su posición, sino también da crédito   a quienes afirman que trata de ocultar   así las verdaderas razones de su   conducta.   

El posesionamiento de la potencia   colonial tiene como trasfondo la   avidez por la riqueza faunística de   las islas argentinas (ballenas, leones   marinos, peces comestibles, mariscos,   crustáceos y moluscos), y sobre   todo el petróleo, localizado en unas   200 millas alrededor del archipiélago,   donde se sabe que hay una reserva   capaz de producir alrededor   de 500 mil barriles del hidrocarburo   por día. Juega asimismo un importante   papel su posición geográfica,   que a modo de puente abre un camino   a las riquezas de la Antártida.   

También está el intento de desviar   la atención de la población británica   sobre la grave crisis económica que   atraviesa el país, y que ha elevado el   desempleo a su máximo nivel en los   últimos 17 años, mientras alcanza   récord histórico en el caso de los jóvenes,   además de restar importancia   al anunciado referéndum sobre la   independencia de Escocia, previsto   para dentro de dos años.   

Respaldo internacional a una justa   causa   

Una de las más resueltas manifestaciones   de apoyo al reclamo de Buenos   Aires es la ofrecida por la Comunidad   de Estados Latinoamericanos y Caribeños   (CELAC), que en su reunión   constitutiva del pasado diciembre en   Caracas emitió una declaración en   la que reitera no solo su anterior llamado   a las partes a reanudar cuanto   antes las negociaciones, sino también   ratifica “su más firme respaldo a los   legítimos derechos de la República   Argentina”. El reclamo deviene así   causa común de todas las naciones   de nuestra región.