Un año de la agresión a Libia

La situación de Libia muestra un panorama de ciudades en ruinas, ilegalidad, falta de seguridad, alta criminalidad, niños fuera de las escuelas y el miedo constante de la población; todo ello forma parte de la “nueva cara” de esa nación que Occidente pretende ocultar

No precisamente con fuegos artificiales, jolgorios o ceremonias oficiales recibió Libia el primer aniversario del levantamiento que, apoyado por la agresión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), derrocó el Gobierno de Muammar el Gaddafi.

Más bien fue el tronar de las armas, producido por los enfrentamientos entre fuerzas rivales de las diversas tendencias que se disputan migajas de poder, reparto de botín y prebendas, el que conmemoró la fecha de la acción injerencista desatada por mandato imperial, con la anuencia del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y sus aliados de la Liga de Estados Árabes.

Transcurrido un año del inicio de las protestas antigubernamentales y de los trágicos acontecimientos de marzo del 2011, durante los cuales el pueblo libio pagó un alto precio por la “libertad y democracia” impuesta por los bombardeos de la OTAN, la situación socioeconómica, política y de inseguridad en el país norafricano es muy ajena a la imagen que proyecta el Consejo Nacional de Transición (CNT), obsecuente servidor de las potencias occidentales.

Un reciente reportaje del canal televisivo moscovita Rusia Today (RT), denunció que la situación de Libia muestra un panorama de ciudades en ruinas, ilegalidad, falta de seguridad, alta criminalidad, niños fuera de las escuelas y el miedo constante de la población; todo ello forma parte de la “nueva cara” de esa nación que Occidente pretende ocultar.

Siete meses de bombardeos de la alianza atlántica y el conflicto interno dejaron un saldo de 30 mil muertos y 50 mil heridos, mientras otras 4 mil personas se dan por desaparecidas, según reconoció el propio CNT, en septiembre pasado, subraya la información difundida por RT.

La normalidad, gobernabilidad y estabilidad política, están muy lejos de las garantías ofrecidas por el CNT al término de un conflicto que además ocasionó la devastación de importantes recursos de la infraestructura económica libia.

Tanto en Trípoli, la capital, como en Bengasi, Misrata, Zintán u otras ciudades pululan en la actualidad las rivalidades entre los grupos rebeldes armados con rifles AK-47 y FN-AL, que tratan de imponer sus propias leyes y tienen a su cargo puestos de vigilancia, la protección de aeropuertos, yacimientos de petróleo, instancias gubernamentales, o han sido asimilados por el Ministerio de Defensa como fuerzas de seguridad.

Doce meses después es más evidente el crecimiento del diferendo entre quienes llegaron al poder apoyados por los ataques de la OTAN y partidarios del asesinado líder libio, Muammar el Gaddafi, quienes se niegan a reconocer la autoridad del CNT y propugnan una vuelta al poder, mientras se produce el arresto arbitrario de miles de personas y la tortura de casi 8 mil de ellas, según lo afirmado en el reportaje de la televisión rusa.

Según estudios no son pocos los libios que desean el regreso al anterior sistema creado por Gaddafi, que, entre otros beneficios, tenían educación y salud gratuitas y una ayuda monetaria del Estado, facilidades de vivienda a los nuevos matrimonios, y otras ventajas sociales.

Respecto a la producción petrolera, que representaba el 50 % del producto interno bruto (PIB), los analistas estiman que la agresión de la OTAN casi anuló la exportación del crudo, y que las pérdidas por ese concepto superan los 40 mil millones de dólares, mientras diversas empresas transnacionales, encabezadas por Estados Unidos, se disputan ávidamente el control de tan importante recurso energético del país.

La “nueva Libia”, como Irak, es hoy un país anarquizado, sin estabilidad política ni social, donde impera una caótica situación de inseguridad y violencia, heredada de la intervención militar de la OTAN, instigada y auspiciada por las potencias occidentales.

Ambos países forman parte de los planes geoestratégicos imperialistas para el dominio de la región, enfilados ahora hacia Siria e Irán, los mayores obstáculos en su agenda belicista, y donde cada vez más aumenta el peligro de un conflicto bélico de consecuencias incalculables, dado que amenazan una zona de contención de potencias nucleares como China y Rusia.