Iguales y diferentes

En el interior del hogar aún persisten innumerables dificultades que limitan la participación de la mujer, y estas transitan desde la incomprensión y falta de apoyo familiar, hasta los problemas económicos que no facilitan cubrir la “retaguardia”

Con una banderita cubana ondeando durante el trayecto hacia el campamento de refugiados de Bassián, Farat Bibi iniciaba una nueva vida luego de recibir en nuestro país un tratamiento protésico en uno de sus miembros inferiores, amputado por el terremoto que ocurrió en Pakistán a finales del 2005.

La intervención quirúrgica fue un éxito, caminaba con la ayuda de un bastón, pero su corazón estaba deshecho. Al filo de sus dos décadas de vida descubrió en Cuba una realidad bien distinta a la suya, aquí mujeres y hombres cuentan con igualdad de posibilidades en cualesquiera de los ámbitos.

La anécdota resulta un asidero para reafirmar el privilegio de las cubanas, precisamente a pocos días de celebrar el Día Internacional de la Mujer. La Revolución les abrió las puertas del saber y les permitió —no sin contratiempos— desempeñar disímiles profesiones y oficios, sin distingos de ninguna clase.

No es preciso en estas líneas mencionar los sueños inalcanzados de las mujeres antes de 1959, cuando las oportunidades de desarrollo eran casi nulas, y los tabúes —además de la existencia de criterios con poco fundamento— silenciaban el papel que ellas pueden desempeñar en la construcción de la nueva sociedad.

Fidel lo argumentó durante el primer Congreso del Partido, al reconocer las virtudes de quienes lucharon junto a los hombres en la gesta revolucionaria, exhortó a continuar ese ejemplo, y tomarlas como referente obligado cuando de capacidad política se trate.

Quizás ese fue un punto de partida para continuar la lucha por la verdadera igualdad entre hombres y mujeres, tema recurrente en los congresos de la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), que también fue abordado por el vicepresidente primero de los consejos de Estado y de Ministros, José Ramón Machado Ventura, durante el acto por el aniversario 50 de la organización, en agosto del 2010.

No nos llamemos a engaño —dijo—, estamos lejos de alcanzar la igualdad a que aspiramos. La noción que predomina en muchos hogares todavía es que el hombre ayuda en las tareas domésticas y no que ambos comparten las mismas. Por tanto, nos queda mucho por hacer, a hombres y a mujeres, en aras de cambiar los patrones tradicionales de la familia y fomentar una adecuada formación de las nuevas generaciones, en criterios no discriminatorios, más justos en las relaciones entre ambos sexos.

Y es cierto, todavía no hemos alcanzado la plena igualdad, de ahí que el tema sea una prioridad para la FMC, organización que lleva adelante de manera certera —hasta hace unos años bajo la conducción de la inolvidable Vilma Espín— las ideas de Fidel en defensa de la justicia social y la igualdad de género.

Un sondeo por algunas estadísticas muestra avances. El 38,1 % del total de ocupados en la economía son mujeres, mientras en el sector estatal civil constituyen el 46,7 % y técnicas y profesionales son más del 60 por ciento. En la actualidad más de 80 mil están incorporadas al trabajo por cuenta propia y alrededor de 70 mil son campesinas, asociadas a la ANAP.

El llamado de Raúl en el VIII Congreso de la FMC respecto a una mayor participación en la vida económica, política y social del país ha tenido receptividad. “… soy de los que digo que las mujeres son más maduras que los hombres en las primeras edades y después igual (…), saben administrar más que los hombres; cuando ejercen esas funciones son más firmes”, aseveró.

Hoy ellas ocupan el 41,7 % de los escaños en el Comité Central, y el 43,3 % en el Parlamento. Cinco dirigen el Partido a nivel provincial, y nueve presiden asambleas provinciales del Poder Popular.

No obstante, en el interior del hogar aún persisten innumerables dificultades que limitan su participación, y estas transitan desde la incomprensión y falta de apoyo familiar, hasta los problemas económicos que no facilitan cubrir la “retaguardia”.

Como en otras cuestiones de la vida, no podremos esperar a tener un medio ideal, absolutamente favorecedor, para que las mujeres intervengan como decisoras en todos los niveles y sectores de la sociedad.