Victoria de la unidad
“Tengo dinero para adquirir rifles, no para oír oradores”. Con esta frase resumió Ángel Peláez, el joven entusiasta que recaudaba fondos para sufragar la visita de José Martí a Cayo Hueso, la actitud recelosa de algunos de sus compatriotas que solo le conferían al Maestro la cualidad de hombre de letras. Pero menos de cuatro meses después de aquel incidente quedó constituido el Partido Revolucionario Cubano, luego de ser elegido su gestor y guía para el más alto cargo de dirección.
Aparentemente, en ese tiempo solo podrían alcanzarse resultados tan trascendentales si todas las condiciones hubieran sido favorables al fin propuesto. Quizás la brevedad del período ha contribuido a dar la imagen de que la unidad se logró sin más contratiempos que los rutinarios en todos los casos de acercamiento de entidades diferentes y distantes. Pero en realidad, la fundación del Partido no fue para Martí el tránsito por una ruta desbrozada, sustentado por un apoyo unánime, sino un triunfo político alcanzado tras hábiles combates contra el divisionismo, la incomprensión, las artimañas del enemigo colonial y los viejos prejuicios y recelos que sobrevivían en la emigración y en la isla.
Inicio de la gestión unitaria
En octubre de 1891, Néstor Leonelo Carbonell, presidente del club Ignacio Agramonte, de Tampa, cursó una invitación a Martí para que asistiera como orador a la fiesta artístico-literaria que celebrarían en beneficio de esta organización. La presencia del distinguido huésped se convirtió en cuatro días de intenso quehacer patriótico. Los discursos conocidos como Con todos y para el bien de todos y Los pinos nuevos trascendieron a toda la emigración y repercutieron en Cuba.
El Maestro nucleó voluntades, y convencido del entusiasmo que habían promovido sus palabras, elaboró con un grupo de patriotas el documento conocido como Resoluciones, que fue leído ante la masa de emigrados que acudió el 28 de noviembre al Liceo Cubano para despedirlo, y la que, con sus aplausos, suscribió su contenido.
La noticia de estas actividades llegó a Cayo Hueso, donde se constituyó una comisión que invitó a Martí para que expresara sus ideas en aquel territorio de tradiciones patrióticas siempre vivas. Los escollos iniciales fueron vencidos, y el 25 de diciembre llegó al Peñón Histórico acompañado de una representación de los clubes Ignacio Agramonte y Liga Patriótica Cubana, de Tampa, donde había hecho escala. La presencia de los tampeños anunciaba los propósitos unitarios que movían al invitado, que no solo acudía para hablar, sino con el fin de hacer de la palabra acicate para la acción. Doce días de actividad incansable, solo disminuida por su quebrantada salud, fueron suficientes para lograr el apoyo de la mayoría y neutralizar a los opositores, quienes no pudieron contraponer argumentos sólidos frente a la justeza de las ideas martianas, expuestas siempre con su característica vehemencia.
El momento más importante de esos días fue su entrevista con los miembros de la dirección de Convención Cubana, quienes le brindaron su respaldo. Luego de discutir con estos el contenido de las Bases del Partido Revolucionario Cubano y sus Estatutos secretos, fueron presentados ambos documentos, los días 4 y 5 de enero de 1892, en dos reuniones con representantes de los emigrados, donde fueron ampliamente debatidos y finalmente aprobados. Se acordó que los presidentes de las agrupaciones los sometieran a la consideración y aprobación de sus asociados. Se había dado el primer paso firme para fundar la organización que haría realidad el ideal independentista.
Unidad contra división
De inmediato, las fuerzas colonialistas activaron todos sus mecanismos para hacer fracasar el nuevo intento independentista. Las labores conspirativas y patrióticas de Martí eran bien conocidas por el enemigo; desde los días de la Guerra Chiquita había sido sometido a la vigilancia de agentes secretos al servicio de la metrópoli, y solo unos meses antes de los hechos acaecidos en el Cayo, a raíz del discurso pronunciado por el Maestro en el acto por el 10 de octubre de 1891, las autoridades diplomáticas españolas habían promovido una queja ante los gobiernos de Uruguay y Argentina, de los que era cónsul, por sus palabras dirigidas contra la Corona.
El patriota cubano no permitió que prosperara un conflicto debido a sus actividades políticas, y renunció a aquellos cargos, asumidos como trincheras de un combatiente por los intereses de Nuestra América.
Pero lo más riesgoso fue el enfrentamiento a las divisiones internas. Señalaremos tres de las manifestaciones de estas. La primera tuvo su expresión en la Carta abierta publicada por Enrique Collazo en La Habana, el 6 de enero de 1892, en la cual atacaba al dirigente político con acusaciones infundadas sobre su actuación pasada y con ofensivos cuestionamientos de sus propósitos. El incidente terminó poco tiempo después, y con posterioridad Collazo comprendió su error y se unió a la tarea libertadora encabezada por el Partido.
Una nociva labor antiunitaria fue llevada sistemática y sostenidamente por Enrique Trujillo en su periódico El Porvenir. Desde las primeras gestiones martianas se había pronunciado contra las características de la nueva organización propuesta, y llevó a cabo una campaña con el propósito de mermar la autoridad de Martí. Evidentemente, fracasó en su intento.
También influían negativamente los recelos de algunos sectores de veteranos de la Guerra Grande y de la emigración, que no olvidaban las experiencias negativas del pasado, y creían que estas se repetirían, por lo que actuaban como un factor retardatario. Uno de los argumentos esgrimidos era que otra vez se intentaba hacer de Nueva York, donde residía Martí, el centro de la dirección de las demás localidades, a las que exigirían subordinación. Contra esta falsedad se pronunció el Maestro, quien explicó que cualquier tentativa de pretender que un “grupo de emigrados funja como señor de los demás” sería repelido con indignación, lo que advirtió “para que jamás renazcan los recelos que la mala guía de la época anterior pudo sembrar entre los emigrados revolucionarios”.
Elecciones. Proclamación
El 8 de abril se realizaron las elecciones, con entusiasmo vivísimo. El resultado del escrutinio confirió a Martí el cargo de Delegado del Partido Revolucionario Cubano y a Benjamín J. Guerra, el de Tesorero.
Dos días después se juntaron las emigraciones para conmemorar el vigesimotercer aniversario de la Constitución aprobada en Guáimaro y proclamar solemnemente la fundación del Partido. Cayo Hueso, Tampa y Nueva York sirvieron de escenario a las magnas asambleas, donde los discursos rebosaron de entusiasmo y los aplausos confirmaron que en los cubanos y puertorriqueños había enraizado el firme convencimiento del triunfo de la independencia antillana.
La primera etapa de la Guerra Necesaria había concluido con la aprobación del proyecto martiano. El proceso unitario, breve pero intenso, había creado las condiciones para un desarrollo ilimitado de los clubes en la emigración y de las redes secretas dentro de Cuba, donde era imposible estructurar la organización partidista de igual modo que en el extranjero. Mucho quedaba por realizar, pero ya se contaba con un factor decisivo: el Partido para hacer la Revolución.



