Minero, pero al aire libre

Augusto Coro Garófalo alcanzó el título de Héroe del Trabajo de la República de Cuba en 1990, con solo 48 años. El duro trabajo curtió su fibra desde que con 20 años decidiera hacerse minero

Cuando en julio de 1990 Fidel le entregó la estrella de Héroe del Trabajo de la República de Cuba, Augusto Coro Garófalo no cabía de gozo. “Era imposible creer que Fidel me dedicara parte de su tiempo, que se pusiera a hablar conmigo como si me conociera de siempre... Yo te aseguro que había que estar bien planta’o para que la emoción no te traicionara”.

Parecería difícil que con 48 años pudiera acumular tan significativo expediente. Pero ya Augusto era bien experimentado en tareas de perforación de suelos y conocía un sinnúmero de habilidades en tareas geólogo-mineras, desde que en 1961, con 20 años, comenzara a laborar en el Instituto Cubano de Recursos Minerales.

Su niñez, como le ocurría a la gran mayoría de los muchachos nacidos en Cuba antes de 1959, estuvo llena de estrecheces y dificultades. “Apenas llegué al quinto grado atrasado. Papá era barbero y ese era un oficio para mal vivir. Éramos siete hermanos y cuando siquiera levantaba una cuarta del suelo ¾como decimos popularmente¾ tuve que irme a trabajar en lo que fuera para ayudar a la familia. Un día me dije: 'déjame probar suerte en esto de la minería y si me gusta, me quedo'. Nunca me arrepentí del cambio".

Soy Minero, pero al aire libre

“Comencé como ayudante de perforación y rápidamente me fui a las provincias orientales para participar en los estudios que se realizaban sobre las reservas de hierro en Santiago de Cuba. Me hice perforador, oficio en que me mantuve por 42 años, hasta que me jubilé”, asegura.

Garófalo, que había nacido en Pinar del Río, más exactamente en Puerto Esperanza, pegadito a Viñales, un municipio de mogotes y serranías en el extremo más occidental de Cuba, se convirtió en un perforador itinerante.

Santa Lucía, en Pinar del Río. La Ciénaga de Zapata. Camagüey también conoció de su esfuerzo, y la Isla de la Juventud, y las zonas aledañas a la famosa playa de Varadero. Supo de yacimientos de fosforita, de cobre y de hierro, y en 1971 se radicó definitivamente en Pinar del Río, lugar de minas profundas y diversas y asiento de gentes sencillas y amables, como él.

En todo su peregrinar, “de aquí para allá y de allá para acá”, como él mismo expresa, los lauros a Garófalo no se hicieron esperar. Once veces seleccionado como vanguardia nacional y en 1976 candidato a Héroe Nacional del Trabajo, en 1982 lucía en su pecho la Medalla Lázaro Peña de Primer Grado.

Ya era todo un veterano y pronto llegaron los cargos de dirección: jefe de barrenación y perforación, hasta que se jubiló. “Pero siempre sobre tierra, al aire libre, y no crea que es una contradicción. Soy minero, pero no me gusta tener que bajar al fondo de la mina... y mucho menos trabajar allí”, me asegura.

“Pero siempre quise ser de los primeros. Para mí era una vergüenza que tuvieran que esperar por mí  para algo. Desde que era perforador soy así”.

¿Y por qué esa jubilación con sólo 61 años?, le pregunté. “Ya desde el 2000 la actividad de geología, en especial la perforación, había decaído bastante. Cerraron la Empresa Mixta Cobre Mantua y nos pusieron a hacer guardia. Parecía que nadie se acordaba de nosotros y un buen día me aburrí, pedí la jubilación y me fui para mi casa en Santa Lucía. Pero dejé bien clarito que en el momento en que me necesitaran yo volvería. Es que para trabajar por la Revolución no hay momento fijo”.