Delarra: sencillo y sensible, en el aniversario 74 de su natalicio

Grande en sí mismo, en su modo de ser, de pensar, de actuar

Hace 74 años, el  26 de Abril de 1938, vino al mundo, en San Antonio de los Baños, uno de los creadores plásticos más representativos de la cultura cubana. Me refiero a José Delarra,  quien cultivó la escultura, la pintura, el dibujo, la cerámica y otras posibilidades expresivas de las artes plásticas con notable éxito.

Hombre sencillo y extraordinariamente sensible —como debe ser la estirpe de un verdadero artista— al maestro José Delarra  lo perdimos un cálido día de agosto del año 2003 en uno de los momentos más prolíferos de su carrera como pintor y escultor, y cuando todavía la sociedad a la que entregó lo mejor de su creación plástica le debía muchas deudas, aunque jamás se interesó por ellas.

Su excepcional compromiso con la Revolución Cubana siempre lo mantuvo alejado de los intereses materiales y de la competencia “mercantilista” que comenzó a predominar en el arte de la Isla a partir de la célebre década de los 80 del siglo pasado.

Y quiero, ante todo, ahora que ya no se encuentra entre nosotros —porque su descomunal modestia no me lo habría perdonado—, referirme a una inconcebible omisión, o dicho más claramente al descuidado tratamiento que este tremendo artista nacido en San Antonio de los Baños en 1938 —quien nos legó más de dos mil obras en escultura, dibujo y pintura— recibió de quienes tuvieron en sus manos decidir, durante varios años, la entrega del Premio Nacional de Artes Plásticas, el cual, mucho antes de su fallecimiento, debió honrarlo junto a otras distinciones que oportunamente y en vida le hicieron justicia, como su condición  de Héroe del Trabajo de la República de Cuba, en la cual se resume la grandeza de quien fue el más connotado escultor cubano de todos los tiempos, técnica  que, al decir de la poetisa Carilda Oliver Labra, fue para él un arma, como el agua, un encuentro o una despedida de amor.

¿Y cómo no calificar de connotado a quien realizó las más colosales y trascendentales esculturas existente en Cuba y el mundo en memoria del más universal de los guerrilleros: el Comandante Ernesto Ché Guevara?

Para algunos “super-dotados” conocedores de la plástica contemporánea, la trayectoria artística de José Ramón  de Lázaro Bencomo, Delarra —como se dio a conocer en el mundo artístico—, se resume en el calificativo de que fue un “cronista de la Revolución Cubana”. Sin menospreciar semejante honor para cualquier creador, pienso que esa frase no está completa y en cierto modo deja de expresar o elude el verdadero magisterio que caracterizó la obra toda de quien siendo aún muy joven, a pocos años de graduado de la Academia de Arte de San Alejandro, tuvo que abandonar el país por la recurrente amenaza que los sicarios del régimen de Fulgencio Batista mantenían sobre el hijo de un zapatero comunista.

Cierto es que Delarra trabajó sus esculturas casi al punto de la perfección hiper-realista, lo cual, por sí sólo constituye una envidiable cualidad.  Evidentemente desinteresado por las corrientes y los “ismos” postmodernistas  (cuyos más intolerantes abanderados suelen sub-valorar también, con marcada hostilidad,  otras centenarias expresiones del arte, como el paisaje y el retrato, en comprometedores maridajes con el comercio y las galerías de arte), el desempeño intelectual de este artista del “bronce, la espuela y la cabalgadura”, fue prácticamente desconocido, para no decir “ignorado”, por quienes no apreciaron la evidente profundidad de sus discursos plásticos, en los que supo, como pocos, conjugar los valores históricos, sociales, culturales y artísticos en cada una de sus composiciones.

Lógicamente, para quien desconoce aspectos relacionados con nuestra historia, el emplazamiento de los complejos monumentarios que realizó en varias regiones de la Isla no son más que conglomerados de estatuas de mártires.

Para que se tenga una idea de la profundidad de sus estudios en torno a cada una de sus obras escultóricas, voy a referirme a dos de las más conocidas: la de la Plaza de la Revolución de Villa Clara, que perpetúa la memoria del Comandante Ché Guevara y sus compañeros caídos en Bolivia, y la existente en esa misma provincia en homenaje al afamado asalto del Guerrillero Heroico al tren blindado.

La primera, colosal y majestuosa, no solamente se  erigió en Santa Clara en recordación a la trascendental batalla que allí libró el Ché al frente de la Columna 8 en la guerra de liberación nacional contra la dictadura de Batista, sino también recoge muchos episodios de la vida del inolvidable luchador antimperialista, entre los que se encuentran varios de sus más conocidos textos, como el de su exilio en Guatemala, su intervención en Naciones Unidas y la histórica carta de despedida que dejó al Comandante Fidel Castro, la cual tiene más de dos mil letras que aparecen sobre una columna de seis metros.

La figura del  Ché, que en uno de los bolsillos de su desgarrado uniforme se divisa un spray de asma, está orientada a 190 grados, lo cual significa que si se traza una línea recta desde este punto de la Tierra, su imagen —en gesto andante y con el brazo enyesado—  procedente del Oriente cubano, atravesando el Escambray, se dirige hacia Sudamérica. “Yo le puse el brazo fuera del cabestrillo, no solamente por el hecho histórico de que él se partió el brazo, sino porque esto de no estar en el cabestrillo forma parte de su personalidad, un hombre rebelde hasta consigo mismo”, precisó Delarra en una ocasión.

El complejo monumentario posee además varios frisos en los que se narran diferentes momentos del Guerrillero Heroico durante la guerra y después del triunfo de la Revolución Cubana, los cuales fueron concebidos en cubos, “elementos geométricos muy puros. (…) el cubo, el rectángulo, son formas geométricas muy fuertes y están sobre un plano inclinado de 72 metros, que también viene a ser otro rectángulo. Esto va a representar la personalidad del Ché, un hombre muy firme, muy sobrio; es decir, en un monumento no solamente es simbólico el rostro del héroe o los gestos de los héroes o de todas las personas que aparecen, sino también hay que tener en cuenta cómo representar su personalidad, por lo tanto, este monumento es también una escultura que da esta idea”.

Estas palabras del maestro corroboran también el sentido eminentemente humanístico y lírico de toda su producción escultórica, cualidad que, amén de una magistral técnica, la distingue con un sello único e irrepetible.

Otra obra que quisiera tomar como ejemplo de la seriedad investigativa que caracteriza a cada uno de estos proyectos escultóricos, es la que perpetúa la acción militar dirigida por el Ché el 13 de junio de 1958 como parte de la Batalla de Santa Clara: el asalto al tren blindado de 22 vagones cargados de armamentos, soldados y oficiales de la dictadura.

El monumento ocupa un área de 50 metros de ancho por 200 metros de largo, ubicado entre el río Cubanicay y la vía férrea, escenario donde se produjo el descarrilamiento, asalto y toma del tren.

Delarra concibió esta obra con cinco elementos escultóricos cada uno de los cuales representan las diferentes acciones realizadas por los rebeldes. Gigante instalación para la cual aprovechó cuatro vagones originales, el bull-dózer utilizado por el Ché para violentar la línea férrea y un coche plancha. Los vagones no solamente representan la acción, sino que también fueron concebidos por el artista como salas museables en las que se exhiben fotos de aquel acontecimiento,  pertenencias de sus autores y algunas de las armas capturadas por estos al enemigo. En la concepción de esta obra el artista igualmente tuvo en cuenta el valor simbólico de las figuras geométricas, al ubicar grandes cuñas de hormigón que se proyectan contra los vagones en alusión a la heroica gesta de los rebeldes.

Esta obra, declarada Monumento Nacional de la República de Cuba en 1990,  fue  visitada, hasta julio del 2006, por más de dos millones de personas.

Sería interminable la relación de similares conjuntos escultóricos realizados por Delarra en toda la Isla, entre los que se encuentran numerosos emplazamientos dedicados a la trayectoria rebelde del Ché, el primero de los cuales realizó en Guinía de Miranda, el primer pueblo tomado por el Comandante Insigne, después le siguieron otros en Báez, Remedios, Zulueta, Caibarién, la loma de El Cápiro —también Monumento Nacional—, Santo Domingo, Mani- caragua, La Campana… y muchos otros entre los que se incluye también el dedicado al Capitán Roberto Rodríguez (El Vaquerito), jefe del pelotón suicida de la Columna Número 8. La serie abarca unos cien kilómetros de ancho y se extiende por casi toda la provincia de Villa Clara. Por ese motivo muchos califican a Delarra como el “Escultor del Ché”.

Su obra escultórica por tanto, más que constituir una crónica de la Revolución Cubana, deviene plena realización artística de quien en los años 60 se aventuró a realizar múltiples exposiciones didácticas en escuelas, fábricas, parques… proyecto que incluyó una muestra itinerante que él denominó “Esculturas revolucionarias” con el fin de que el pueblo, esencialmente los humildes que nunca tuvieron acceso al arte, pudieran disfrutar y conocer esta manifestación de la plástica, sobre la que igualmente realizaba demostraciones prácticas.

Delarra fue fiel a sus sueños como creador y a sus convicciones artísticas sustentadas desde los mismos comienzos de su carrera, a los once años de edad. Posteriormente se empeñó en su interés por desarrollar la escultura pública conmemorativa, intención evidentemente influenciadas por la obra monumentaria de Teodoro Ramos Blanco y de Juan José Sicre.

Las principales plazas de muchas de las capitales provinciales de la Isla, así como otras obras escultórico-monumentales erigidas en toda la geografía nacional y varios países de Latinoamérica —descomunal es su obra realizada en Quintana Roo, a través de la cual logró sintetizar la historia de ese Estado mexicano— Europa, África y Asia, corresponden a la autoría de Delarra, el también ceramista y grabador —fundador del Taller Experimental de Gráfica de La Habana—, y profesor y director durante varios años de la Escuela de Arte San Alejandro, instituciones a las que entregó amor, sabiduría y magisterio a cambio de un extraño e inconcebible olvido que se extendió hasta su muerte.

Pero su obra  escultórica trascendió, como pocos lo han logrado,  su existencia. Artista de simbologías y contrastes, cada proyecto suyo constituye verdadera lección para las nuevas generaciones de creadores de la plástica. Y no solo por la limpieza y precisión del trazo, la exactitud de las perspectivas y la expresividad de los gestos, sino, sobre todo, por la complejidad de sus narraciones en las que cada objeto o fragmento constituyen elementos cuidadosamente concebidos, en cuya interrelación debe buscarse  la interpretación de los temas recreados en la gran epopeya del hombre en su lucha por un mundo mejor y más justo.

Mucho tendríamos que reflexionar en torno a la producción escultórica de Delarra, hombre culto que prefería la lectura de las obras de Martí y de Cervantes y con quien siempre se aprendía “algo bueno” tras cada encuentro con él. De su savia se nutrían sus interlocutores, de forma fluida y sincera,  sin petulancias “intelectualoides” ni rencores por las miserias humanas de las que no pudo escapar en vida. Grande en sí mismo, en su modo de ser, de pensar, de actuar.

Pero no es posible obviar otra faceta en la trayectoria creadora de quien hizo de los gallos, los caballos y las mujeres un perenne tema de inspiración: sus dibujos y pinturas.

Muy poco, o casi nada, se ha hablado del interés de Delarra por explorar y experimentar en otras manifestaciones de la plástica en las que dejó una impronta que se caracterizó por un estilo bien definido dentro de una temática en la que incursionaron otros grandes maestros de la vanguardia cubana como Abela, Carlos Enrique, Mariano... Los gallos, caballos y féminas de sus obras denuncian un expresionismo figurativo cargado de poesía y dramatismo, historias generalmente surgidas de forma espontánea en las que los personajes iban surgiendo y creando sus propios discursos en la medida en que el artista trabajaba sobre el lienzo o la cartulina. Sus trabajos constituyen la más libre y desperjuiciada interpretación sobre el mundo que le rodeaba.

En sus gallardas y emblemáticas figuraciones hay una semántica alegórica, mediante la cual encontramos elocuentes riquezas significativas que transitan desde el más  criollo humor hasta una crítica reflexión sobre temas inherentes al hombre contemporáneo. En ese sentido, Delarra adjudica esencial fuerza al color, rico en tonalidades igualmente representativas del Trópico, del Caribe, inmerso en vivencias existenciales o en la naturaleza.

A diferencia de sus obras escultóricas, solemnes y majestuosas, en sus pinturas hay búsqueda y experimentación constantes, al punto de que algunas de sus piezas pueden sugerir, más que figuraciones que tienden hacia el abstraccionismo simple, elementales expresiones estructuralistas en las que las autorreferencias mantienen un delicado distanciamiento hacia los lenguajes “de moda”. En sus cuadros, generalmente de mediano o pequeño formatos, se evitan tanto los excesos como las reducciones, hasta alcanzar un matiz significativo que, en última instancia, viene a revelar todo un universo de cosas que están detrás de cada iconografía, como pensamientos a punto de salir a escena e interceptar al observador, quien debe descubrir las verdaderas intenciones del creador al ofrecernos poéticos aforismos cuyo sentido debemos de escudriñar en las formas, en las líneas, en los colores.

Escultor, pintor, dibujante, ceramista, grabador. Delarra perpetuó, a pesar de su pronta desaparición física, un estilo que hizo prevalecer la continuidad de su autoría y de sus concepciones artísticas en varias vertientes de la plástica. Ejes paralelos de desarrollo en los que hizo compatible la coexistencia de lo realista con lo abstracto, lo figurativo y lo simbólico. Su gran mérito artístico, la principal valía de su magisterio, radica precisamente en esa capacidad para, a pesar de tan disímil incursión, no caer en la dispersión ni en la incongruencia y mantener un equilibrio sorprendente entre tan diversas inclinaciones.

Lógicamente, semejante capacidad para asumir diferentes técnicas y géneros, únicamente puede lograrse mediante un claro dominio del dibujo, posibilidad que le permitió adentrarse en los vericuetos de las elegancias de los rasgos de sus esculturas o en la precisión, fluidez y limpieza de sus pinturas y dibujos.

Por eso, y por mucho más que haría interminable este texto, pienso que Delarra se nos fue de este mundo sin darnos cuenta de que aún teníamos muchas deudas que saldar con él. Esta misma reflexión sobre su obra, la cual esperó atento luego de un fructífero y largo encuentro en su estudio algún tiempo antes de marcharse, no le llegó a tiempo, como tampoco llegaron a tiempo muchos bien merecidos reconocimientos al conjunto de toda su obra artística y a su ejemplar existencia,  ante lo cual simple y modestamente dijo: “Quizás aún no los merezco”.