Play off de la pelota cubana

El béisbol se vive en el graderío

En las gradas es donde laten la algarabía, el júbilo, la pasión…, donde los aficionados expresan lo que sienten   

No soy de los que se “enclaustran” en el palco de la prensa cuando hay juego de pelota. Mis colegas lo saben. Claro, quienes laboramos para la prensa escrita tenemos esa posibilidad, no así los de la radio y la televisión. Me siento siempre en las gradas, donde laten la algarabía, el júbilo, la pasión…, donde los aficionados expresan lo que sienten, unas veces de forma correcta y otras no, pero siempre con ese matiz criollo, sabroso, cubanísimo, jocoso, viviente…

El sitio reservado a los periodistas es agradable en cualquier estadio, casi siempre climatizado y con buena iluminación (café incluido), pero con un cristal enorme al frente que hace a uno sentir que está dentro de una pecera y que el espectáculo ocurre afuera, bastante lejos.

En la tarde-noche de ayer, en el tercer juego del play off entre los Elefantes cienfuegueros y los Leones capitalinos, hice como siempre. Fui a dar justo detrás de la malla del home. ¡Y a escuchar y disfrutar se ha dicho!

Desde temprano comenzó a sonar la conga cienfueguera, porque la que acompaña a los Industriales al parecer demoró en la carretera y llegó en la cuarta entrada, cuando el juego estaba nada más y nada menos que 8 x 1 a favor de los capitalinos. ¡Y reventaron los tambores entonces!

Las gradas en los juegos son una policromía de la sociedad. Por los estrechos espacios, entre los escalones repletados de público, pasan como artistas en la cuerda floja de un circo los vendedores de rositas de maíz, sobre todo; paleticas de helado, dulces, agua fría, caramelos, bocaditos, refrescos, cajitas con comida…, en una suerte de venduta múltiple que beneficia a quienes llegan desde bien temprano para ocupar sitios preferentes y estar lo más cerca posible del terreno.

Sin gritos y algarabía las gradas no son las gradas. Cuando se presentaron ayer quienes alinearon por el equipo de Cienfuegos, los aplausos –lógicamente-, eran fuertes y pronunciados, pero cuando lo hicieron con los de industrialistas, fue otra cosa bien distnta. Rechiflas para unos, frases para otros y un apabullante murmullo multiplicado en infinidad de decibeles para Frank Camilo Morejón, el receptor azul, quien había protestado airadamente en el estadio Latinoamericano por un bolazo –evidentemente sin intensión- propinado por el lanzador cienfueguero Noelvs Entenza. Pero el pelotero cubano está acostumbrado a respetar al público y Frank Camilo no hizo otra cosa que evocar una leve sonrisa.

En el estadio del Cerro o en cualquier otro ocurre a la inversa, y es perfectamente entendible. Cada quien hala para su bando y de no ser así el deporte sería una monotonía sin gusto ni sabor. Jugar en patio ajeno es difícil.

Y más difícil es aún para los árbitros, quienes, por cierto –es mi opinión- siguen equivocándose bastante al marcar las bolas y los strikes y alguna que otra vez también al decretar out o quieto en las bases. Me da la impresión de que cada uno ha definido la zona en el plato, como en una suerte de tiro al blanco. Entonces los aficionados la emprenden con ellos.

Las gradas –ahora mejor custodiadas por los agentes del orden público, según pudo apreciarse ayer- son una suerte de ajiaco cubano que tiene un poco de todo.

En lo alto, un joven hace sonar lo que los campesinos llaman “fotuto” (caracol de mar ahuecado en el centro), el que se escucha hasta en la pizarra, después de los límites del jardín central. En diferentes sitios cornetas de autos “chillan” con  el aire a presión de una bomba para gomas de bicicletas. Pero eso sí, todos acoplados y al ritmo de la conga.

Siempre en el 5 de Septiembre, en la parte baja de la banda de tercera, sobre el banco de los Elefantes,  Luisito, un aficionado ya conocidísimo no solo en Cienfuegos, sino también en otros sitios, esgrime una escoba y la acciona en señal de que los de casa “barrerán” la serie.

El béisbol se vive en el graderío como en ningún otro sitio. Lo invito a hacerme compañía si vienen por Cienfuegos. Prometo comprar, al menos, rositas de maíz para brindarle.

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