Victoria de un desafío
Año 1950: el Gobierno de Carlos Prío, de galopante corrupción político-administrativa y de auge del gansterismo para reprimir el movimiento sindical, se propuso celebrar el Primero de Mayo en complicidad con la Confederación impuesta por decreto presidencial.
Aquella organización espuria, repudiada por los trabajadores, había sido bautizada por el ingenio popular como CTK, en alusión al inciso K de una ley cuyos fondos eran saqueados impunemente para “pagar” oscuros servicios politiqueros, entre ellos los que prestaban servilmente los llamados cetekarios.
Con aquella celebración del Primero de Mayo, se quería “probar” al mundo que los trabajadores y el pueblo de Cuba apoyaban la política antinacional y antiobrera del régimen.
Mucho dinero repartido entre los sindicalistas vendidos para que garantizaran el desfile frente al Palacio Presidencial, negación de permiso a cualquier otra manifestación que no fuera la “oficial”, cientos de miles de pesos invertidos en anuncios difundidos en los periódicos y en la radio, numerosos carros altoparlantes diseminados por las calles reclamando asistencia, fueron algunos de los recursos empleados con fines movilizativos.
Los cetekarios no dudaron en apelar a la coacción a los empleados públicos para que marcharan frente al Palacio y en amenazar con el despido a los trabajadores si no concurrían al desfile; montaron oficinas de reclutamiento en las provincias para traer obreros a la capital, mediante el pago del pasaje y los gastos; utilizaron soldados y policías disfrazados de hombres laboriosos para que engrosaran la manifestación…
Paralelamente a estas maniobras, la dirección legítima de la CTC, encabezada por Lázaro Peña convocó a los trabajadores a un mitin en el entonces denominado Gran Stadium de La Habana o Estadio del Cerro. Cuatro manifestaciones partieron de distintos puntos hacia el lugar de la cita. En su afán de impedir que los trabajadores llegaran, la policía intentó dispersarlos a tiros y golpes y detuvo los ómnibus provenientes de los municipios cercanos, pero tales esfuerzos resultaron infructuosos.
El cacareado desfile preparado por el Gobierno y sus lacayos sindicales reunió a unos 10 mil participantes, mientras que el Estadio del Cerro llenó completamente su capacidad que era entonces de 35 mil personas. Hasta los periódicos de la burguesía tuvieron que reconocer la pujanza, entusiasmo y la combatividad del acto con que se honró dignamente el Primero de Mayo.
Otras localidades del país respondieron al llamado de sus verdaderos dirigentes sindicales con la celebración de enérgicas jornadas de lucha.
Allí en la grandiosa concentración del Estadio del Cerro, expresó Lázaro, estaban los hombres y mujeres laboriosos con conciencia de clase, los que sentían y comprendían que todos los trabajadores eran hermanos en la explotación, en la pobreza, en la pelea, hermanos frente al imperialismo, la patronal y todos sus servidores. Allí estaban los que querían y reclamaban la unidad por encima de las diferencias para defender juntos las reivindicaciones, los derechos, la vida y la libertad de todos.
Y desenmascaró al desfile frente al Palacio Presidencial cuando afirmó que no era un acto obrero ni tenía nada que ver con la celebración de la jornada internacional de los trabajadores, sino una grotesca comparsa de circo y politiquería, un desfile de guataquería y sumisión, de división y de lucha contra los trabajadores que desnaturalizaba la significación y el carácter de la fecha.
El régimen había querido dar una demostración de fuerza, pero fue derrotado. Frente al desafío, la legítima CTC y los trabajadores resultaron victoriosos.



