Conjunto Folklórico Nacional

Templo de cubanía

Los cubanos del siglo XXI preservamos el baile y el canto como formas de reafirmarnos como pueblo. A paso de conga celebramos una jornada contra la homofobia, un performance de “Cabezas” por el mejoramiento humano, la victoria de un juego de pelota o el sepelio de un tumbador querido

Los cubanos del siglo XXI preservamos el baile y el canto como formas de reafirmarnos como pueblo. A paso de conga celebramos una jornada contra la homofobia, un performance de “Cabezas” por el mejoramiento humano, la victoria de un juego de pelota o el sepelio de un tumbador querido.

Investigadores de especialidades diversas han hallado en esta actitud razones históricas, sicológicas, sociológicas y hasta antropológicas. Una de ellas se remonta a los tiempos de la esclavitud cuando hacer música fue una de las pocas actividades permitidas a los que venían de África. El tambor y el canto se convirtieron entonces en refugio y esperanza.

Siglos después la música y la danza siguen sintetizando los componentes culturales que nos definen y el Conjunto Folklórico Nacional de Cuba (CFNC), que festeja por estos días su medio siglo de existencia, ha bebido en esa fuente para construir un sólido templo a la cubanía.

Uno de sus fundadores, el premio nacional de investigación cultural (2001) y de danza (2002), Rogelio Martínez Furé, ha contado que fue el 7 de mayo de 1962 cuando, junto al mexicano Rodolfo Reyes, inició “la hermosa utopía de formar en la isla el primer conjunto profesional de música y danza folklóricas”. Le precedieron intentos similares, pero todos de vida efímera pues eran convocados para acompañar las ocasionales conferencias de los intelectuales Fernando Ortiz, Odilio Urfé y Argeliers León.

“Nunca antes hubo un proyecto como este —confesó el pasado viernes ante el público que asistió a la primera de las funciones que durante dos fines de semana brindará el CFNC en el Mella—. Somos un legítimo producto de la Revolución. No pretendemos crear folklor, solo el pueblo puede hacerlo. Queremos crear arte de inspiración folklórica y para ello los coreógrafos enriquecen lo tradicional con nuevos diseños”.

Cincuenta años después, este hombre nacido en Matanzas en 1937, de apariencia humilde y tranquila, se me antoja espíritu ancestral que va rumbo a la sabiduría.

El Conjunto de sus sueños es ya una institución cultural reconocida dentro y fuera de Cuba, punto de referencia para otras compañías y grupos que han seguido el camino desbrozado por ellos. Varias generaciones han crecido allí. Algunos echaron raíces y entre ellos destaca Manolo Micler, quien llegó como bailarín, se consolidó como coreógrafo y hoy dirige el CFNC con ciencia, conciencia y paciencia, tal como recomiendan los sabios.

¿Errores, flaquezas, omisiones…? ¿Quién no los tiene? Pero nada demerita la obra inmensa del CFNC al legitimar la oralidad como alma del pueblo y hacer visibles las aguas subterráneas que nutren nuestra identidad en su componente individual y colectivo. Ellos bebieron de las fuentes originales y elevaron a la categoría de arte lo que hasta entonces eran ritos, tradiciones, costumbres…

Gracias a la labor educativa de los primeros años, algunos de los portadores de esas culturales primigenias se convirtieron en virtuosos. Nadie discute el espacio ganado, en el panteón de los artistas cubanos, por Lázaro Ross (La Habana, 1925-2005), Nieves Fresneda (Pueblo Nuevo, ¿-1981) o Zenaida Armenteros (La Habana, 1931), entre otros.

Luego, con la creación de las escuelas de arte, el Conjunto se convirtió en referencia académica obligada, en cátedra de cubanía y en espacio donde la más letrada técnica danzaria, musical y gestual se puso en función de lo popular tradicional. El resultado está en el diverso repertorio del CFNC, del cual mucho podrá verse en la temporada que por estos días presenta el Mella.