Bienal de la calle

Disímiles programas de interacción entre las artes plásticas y el imaginario social permiten a los artistas, curadores, especialistas y organizadores de la cita, estudiar la actitud de las grandes masas ante la recreación artística

La 11na. Bienal de La Habana está en la calle. Muchos de sus escenarios se encuentran en barrios y comunidades, algunos en la periferia, para —como nunca— llegar a las gentes y evaluar cómo se comportan estas ante los extraordinarios acontecimientos visuales que ocurren en sus predios.

Disímiles programas de interacción entre las artes plásticas y el imaginario social permiten a los artistas, curadores, especialistas y organizadores de la cita, estudiar la actitud de las grandes masas ante la recreación artística de referentes culturales, sociales e históricos que les son afines.

Según los organizadores, el fin esencial es preservar el concepto de que el arte no es exclusivo de las élites y que todo el pueblo tiene el derecho a participar y opinar; propósito que comenzó a interesar a la Bienal de La Habana desde su segunda convocatoria, en el lejano año de 1986, cuando se realizaron diversas acciones en determinadas comunidades de la capital. Desde entonces se evidenció la voluntad de este encuentro por trascender y transgredir habituales zonas expositivas del arte.

La idea, en torno a la cual sería interminable la relación de proyectos realizados durante las últimas ediciones de la Bienal, promueve que el público deje de ver los museos, las galerías y los acontecimientos nacionales e internacionales del arte como algo sacralizado y excluyente.

Si el arte surge, se nutre —y recrea— de la vida misma, la de todos, es justo que retorne a la sociedad, al mismo medio que le sirvió como fuente de imaginación e inspiración creativa. Si reflexionamos un poco, concordaremos en que es honesto que el arte retorne a la calle y escuchar su bullicioso y variopinto palpitar, para sorprender, y hacer partícipes de él a los vecinos, a las personas —niños, jóvenes, ancianos— que caminan rumbo al mercado, al trabajo, a la escuela… o que simplemente pasean o deambulan… muchos de ellos sin tan siquiera suponer qué cosa es un museo o una galería.

Vale apuntar que este tipo de práctica no es nuevo, ni constituye una “inventiva” de la Bienal de La Habana. Desde los años 70 del pasado siglo en diferentes latitudes del mundo comenzaron a hacerse caducos los tradicionales modelos de representación social e institucional, en tanto se generaban movimientos artísticos que pretendían abordar esenciales intereses y preocupaciones del hombre contemporáneo, como la pérdida de valores, la identidad, la cultura, la historia, las guerras… y, con mayor fuerza desde finales de la década de los 80 y en los 90, con una temática fuertemente crítica en torno a la cada vez más preocupante globalización, que afecta sobre todo a los países del llamado Tercer Mundo, del cual formamos parte.

Tales circunstancias, por tanto, implican una mayor expansión de las acciones plásticas y el establecimiento de diferentes y novedosas conexiones entre las prácticas artísticas y los imaginarios sociales —lema de esta convocatoria de la Bienal—, es decir, otras formas de percibir y de entender el arte y la cultura; lo cual, como es lógico suponer, conlleva incomprensiones y polémicas discordantes sobre una estética llamada a imponerse con fuerza en este aún joven siglo XXI.

Con el fin de ilustrar esas intenciones, recorrimos algunos de los proyectos de creación artística interrelacionados con los imaginarios sociales; instalaciones, performances y obras en las que se fusionan los artistas con el público para, juntos, participar de diversas maneras en los procesos creativos que forman parte del extraordinario programa de este foro artístico concebido fuera de los grandes circuitos internacionales del arte.