En la Sociedad Cultural José Martí:

Arte pasional de Carolina Cingolani

Una cantante que pinta boleros

La cantante porteña Carolina Cingolani había alcanzado sonados éxitos en Argentina como intérprete de tangos tradicionales, hasta que un buen día viajó a Cuba y el destino de su carrera artística cambió de súbito: “Quedé prendada de este país, con sus gentes y su música, especialmente con el bolero, al que me dediqué por entero desde entonces”, nos dijo en una entrevista a propósito de su muestra personal de pinturas titulada El color del bolero.

Pues sí, la simpática y sensual Carolina, quien ha ganado palmas con sus actuaciones en emblemáticos sitios de la capital y Varadero donde la nostalgia del bolero suele imponerse, esta vez viajó a Cuba no tanto para deleitarnos con su voz, sino, especialmente, para presentar su muestra personal de pinturas en una ocasión tan excepcional como la 11na. Bienal de La Habana; empeño para el que la Sociedad Cultural José Martí, ubicada en 17 y D, en el Vedado capitalino, le concedió el salón-galería El Diablo Cojuelo.

En la apertura de la exposición, su voz melodiosa y bien timbrada —que ya se escucha en la radio nacional—, volvió a atraer la simpatía de los asistentes cuando, junto a otros temas, cantó el bolero Quiero sentir, el cual da título a su último disco y a una de sus pinturas abstractas.

Pero detengámonos en la creación plástica de esta joven que incursiona en el arte de una manera similar a como lo hicieron los precursores del abstraccionismo, en los comienzos del pasado siglo, cuando surgieron diferentes grupos que respectivamente optaron por el tratamiento de la forma; del color y la luz; de la velocidad y la energía; y de la música y los sonidos armónicos, proporcionándoles un nuevo tema para explorar. Ella pudiera situarse entre estos últimos.

Pero su arte, eminentemente naif, expresa lo que surge desde su conciencia, desde lo más profundo de su ser. Según se autodefine, ella es una cantante que pinta boleros: “Interpreto la música desde la palabra cantada y los colores desde la música misma”.

Identificada con la obra pasional de Frida Kahlo y Zaida del Río, en su primera muestra personal de pinturas, la joven rioplatense exhibe ocho piezas de mediano formato, las cuales realizó especialmente para esta ocasión, con la esperanza de que el público asistente a la Bienal de La Habana pueda valorar su aún incipiente carrera plástica, en la que incursiona desde hace poco.

“Sucedió también en mi primer viaje a La Habana. Quise reflejar la belleza de este país, la magnitud de sus boleros… y estuve dos noches seguidas pintando”, expresó.

Como todo artista naif —autodidacto—, cuya obra está signada por la ingenuidad y la espontaneidad, Carolina construye sus discursos plásticos mediante manchas de colores predominantemente primarios (acrílicos), brillantes y contrastados, en una armoniosa conjunción de pigmentos que casi siempre “adorna”, cual simbologías alusivas al mundo del espectáculo, con brillantes matices dorados o plateados. Ella asegura que de tal forma expresa los estados de ánimo, sensaciones y sentimientos percibidos a través de los boleros que vocaliza.

“El canto y la pintura me salvaron la vida. Siempre estaba nostálgica y deprimida, pues no quedaba embarazada. Comencé a estudiar canto y a los dos meses ya venía en camino mi hija… Y con la pintura, me va muy bien. Esa experiencia la estoy compartiendo con niños y jóvenes a través de talleres de canto, pintura y teatro, y los resultados son fabulosos. El arte recompone la vida”, puntualizó.

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