Los comicios del pánico
Las campanas de la Unión Europea (UE), repican alarma ante una posible victoria en Grecia de la Izquierda Radical (Syriza) en los eventuales comicios legislativos, y la materialización de sus propuestas de nacionalizar la banca y renegociar el rescate financiero establecido por Bruselas, en coordinación con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Central Europeo (BCE).
Dentro y fuera de las fronteras, las opciones de la Coalición helénica desatan una nube de temores y amenazas, encaminadas a modificar la voluntad de los electores mediante la propagación de un supuesto abandono del patrón euro con el fin de perpetuar la austeridad germánica, impuesta de forma inconsulta a un Estado insolvente y convertida en piedra angular de la oleada de carencias que gravita sobre la vida de más de 10 millones de personas.
Lejos de aplacar la incertidumbre nacional, la convocatoria a nuevos comicios expandió las preocupaciones de la UE, de ahí que los augurios de las encuestas repercutan a diario en la devaluación del euro y las fluctuaciones de las bolsas, sacudidas por temores que van más allá de la separación de Grecia de la eurozona.
Para intensificar las tensiones, tanto el presidente del Banco Mundial, el estadounidense Robert Zoellick, como el Comisario Europeo de Economía, el alemán Ollin Rehn, añadieron leña al fuego electoral con pronósticos apocalípticos para el futuro de la región.
El método no es nuevo. Aún perduran los ecos de los infundados anuncios de ataques terroristas durante la disputa presidencial en Estados Unidos del 2004, práctica que contribuyó a que George W. Bush prolongara cuatro años más su estancia en la Casa Blanca, prueba de que el pánico resulta un buen aliado para modificar actitudes ante las urnas.
De acuerdo con el programa de ajuste económico —diseñado por la troika formada por la UE, el FMI y el BCE—, antes de recibir la próxima mesada, eufemísticamente denominada rescate, el Gobierno de Grecia debe concluir junio con un recorte de sus gastos presupuestarios por encima de los 11 mil millones de euros y promulgar una reforma laboral destinada a elevar la cifra de trabajadores en paro.
Esencia del debate preelectoral, el dinero actúa como catalizador de la intranquilidad, toda vez que el trío de prestamistas se resiste a entregar una partida de mil millones de euros hasta conocer el fallo definitivo del conteo de votos, al tiempo que exigen un alza en la recaudación de impuestos, propósito frustrado por la disminución del consumo, derivada del aumento de los precios y la reducción del 50 % de los salarios y pensiones de los empleados públicos.
Como si no bastaran las presiones externas, la sociedad griega resiste el incesante bombardeo especulador de las encuestas, que como en ocasiones anteriores intentan minimizar las potencialidades de Syriza y otorgan una ligera ventaja la centroderechista Nueva Democracia, cuya mala administración y corrupción sumergió al país en la más profunda crisis de su historia.
Esperanzado en convencer al electorado, el líder conservador Andonis Samarás apela a las viejas recetas de la Guerra Fría con llamados a la creación de un “frente patriótico”, del que excluye a la Izquierda Radical y al Partido Comunista, postura desconocida en Grecia desde el derrocamiento de la dictadura militar en 1974. Aunque resulte insólito, el ex primer ministro culpa a sus rivales ideológicos de obstaculizar las inversiones extranjeras y de facilitar la fuga de capitales nacionales hacia bancos alemanes y británicos.
Y como las piedras rodando se encuentran, en sus recientes ataques incluyó la fórmula común de la derecha europea: la xenofobia antinmigrantes, tal vez con la intención de ganar simpatías entre los seguidores de la agrupación neofascista Amanecer Dorado, cuyo portavoz Ilias Kasidiaris, al verse superado en un debate en televisión por la candidata comunista Rena Dourou, la emprendió a golpes con su adversaria y con parte del personal técnico en el estudio como si se tratara de una vulgar riña callejera.


