Héroe anónimo de una batalla pública
Lo veo venir. Entra abotonándose la camisa, despeinado, risueño, sereno; dispuesto al diálogo sin protocolos. Después del café, uno y otro y otro cigarro, no se cansa de inhalar el humo ni las palabras. Ilustra cada frase, cada rostro, cada detalle cual pintor que pone sobre tela lo que ven sus ojos. Roberto González Sehwerert es un excelente comunicador, y más que el hermano de René es el abogado de los Cinco.
Dotado de ese don, argumentaba el tema como pocos, con el corazón, lo mismo a las multitudes, que a cualquier personalidad, grupo de letrados o de seguidores de la causa, siempre con apego a su profesión, sin anteponer los lazos que lo ataban a su hermano. Esa fue una de sus brillantes cualidades.
Y habría de suponerse que de padres como Irma y Cándido saldrían hijos como René y Roberto, apegados a las causas justas, rebeldes; hombres de mirar de frente, de ser coherentes con la vida y con sus principios.
En cada entrevista, en cada encuentro, Roberto eludía hablar de sus sentimientos. Un día le pregunté qué era lo más duro en la conjugación del hermano-abogado, y tajante me dijo: “Escuchar el veredicto contra Gerardo; incluso ver a René en la cárcel no fue más difícil que ese instante. Me llegó al pecho así…”
Del impacto por la lejanía del hermano que lo acompañó cuando siendo niños, gateando por debajo de la gente, pudieron agarrar la ropa del Che y lograr que este lo cargara; en las trincheras, los trabajos voluntarios o la zafra azucarera a donde acompañaban a su madre; o en los encontronazos con los muchachos del barrio, se lamentó de que sus hijos no hubieran pasado más tiempo con René, quien “le hubiera transmitido cosas que yo no les he transmitido; con él mis hijos fueran mejores”.
En su alma noble no hubo espacio para desdeñar, ni siquiera el hecho de haber nacido en Estados Unidos y sufrir las consecuencias de ese sistema. “No le echo la culpa a ese país. Yo nací en el planeta Tierra, vivo en Cuba por mi decisión… En ese país hay gente buena que si las encauzaran de otra manera reaccionarían distinto”.
Roberto añoraba todos los días a su hermano, pero se levantaba cada mañana con una encomienda nueva, con un documento que estudiar, con una estrategia que proponer, con una idea firme y sólida que pudiera ayudar en la solución del caso de los Cinco.
La última vez que escuché su voz regresaba de ver a René fuera de prisión. Estaba herido de muerte y tal héroe anónimo seguía fiero en la batalla; habló del hermano, del impacto de verlo junto a sus hijas, al viejo Cándido, de todo cuanto hacían en el proceso.
Y le comenté: Me hubiera gustado verte en esas imágenes que transmitieron en el recibimiento, y sin inmutarse, me dijo: “No creo que mi aspecto sea tan agradable para estar en cámara”.
Y llegó la noticia, implacable. Cual su voluntad sería cremado; la ceremonia familiar. Exhalé un suspiro y mi pensamiento se varó en René.



