Sin más pretensión que la maravilla
Dice bien Alba María Orta Pérez al considerar su ópera prima, El retorno del quinto mago, como una sencilla obra de amor filial, sin pretensiones de escritura trascendente. Prefirió dejarse llevar, de la más natural manera, por la necesidad de relatarnos sin afeites y con cercanía tangible, pasaje tras pasaje y anécdota tras anécdota, la vida de su padre Jesús Orta Ruiz, el Indio Naborí.
El saldo es un retablo acogedor y cálido como la atmósfera misma que forjó el poeta en su ámbito hogareño, que se nos ofrece en estas páginas con la candidez conmovedora y la ternura testimonial que solamente la autora o sus hermanos podían lograr, a fuer de escuchas absortos de relatos paternos y maternos, testigos de excepción, y al mismo tiempo retoños de ese bienhechor universo familiar.
La infancia de Naborí, la temprana evidencia de sus dotes, la sagacidad popular de sus mayores en debate permanente con los mitos ahijados por la escasa cultura en que la época sumergía a los humildes, dan inicio al volumen para llevarnos luego de la mano a los dolores tremendos por la pérdida del primogénito, al suspiro aliviado de la pareja por la llegada de otros vástagos, mientras se va forjando la personalidad artística y literaria con que se insertó Naborí en la avanzada del panorama cultural de la nación.
Todo aquí está dicho de manera tan vívida, que puede el lector sentirse como en la propia casa, tal si hubiera traspasado mágicamente el umbral hacia un recinto de humanas honduras, al que ha sido invitado acaso al conjuro de aquel mítico Entre, y perdone Usted.
Pero qué voy a decir yo a favor de estas magias de llaneza escrituraria, si ya Virgilio López Lemus nos develó en el prólogo la piedra angular de este misterio: Si Naborí —como acertadamente explica— es por rasgo distintivo un poeta del amanecer; si advertimos —como Virgilio nos advierte— que la autora es la única hija del bardo y su Eloína, nacida entre dos varones llamados Jesús y Fidel, y para la cual quiso la pareja el nombre de Alba, ¿qué de extraño puede tener que “ella haya sabido ver en la muerte del padre la propia resurrección constante del poeta”?
Ya validará el lector estas presunciones de quien escribe. Y convendrá en que lleva razón Alba, la China, al considerar su libro una obra sin pretensiones, sin otra que la sencillez, la inefable sencillez de los sentimientos puros que nos lleva, precisamente por no pretenderlo, directa y amorosamente a la maravilla.
Si un empeño ha animado a los organizadores de la Jornada Cucalambeana en su edición 45 —del 27 de junio al 1º de julio—, es la recuperación de elementos históricamente distintivos en la fiesta mayor de ese gran complejo que conforman la cultura campesina y la décima en todas sus variantes. En el caso de la décima escrita —no necesariamente de índole rural—, recobrar el Premio Cucalambé es ya ganancia significativa, tras la interrupción en el 2011 de ese certamen literario con varias décadas de vida. Esta Jornada, además, honrará a los más emblemáticos escritores decimistas de los siglos XIX y XX, el Cucalambé y el Indio Naborí, en los aniversarios 183 y 90 de sus natalicios.



