El secreto de Chicha

Estaba bien guardado en una vieja caja de zapatos amarrada con tiras de tela

Al no lograr el éxito esperado en el asalto al Moncada , Fidel Castro, con un grupo de asaltantes, reagrupados en la granjita de Siboney, analizaron los próximos pasos a seguir, y la decisión tomada fue continuar la lucha en las montañas para lo cual se encaminarían a la Gran Piedra, pero desconocían aquellos lugares y necesitaban un guía.

Tras varias horas de marcha, divisaron una humilde vivienda campesina. Allí encontraron a una viejecita que les hizo café  y les dijo que su nieto podía indicarles el camino, pero como el muchacho había ido al río por agua, tenía que avisarle.

Al advertir el recelo en los rostros de los combatientes, a quienes no les gustaba a idea de que hubiera que localizar a otra persona, la anciana que respondía al nombre de Leocadia García aunque todos la llamaban Chicha, les dijo:

“Yo sé que no tienen confianza en mi, pero yo soy revolucionaria como ustedes”, y trajo del interior del bohío  una caja de zapatos muy vieja amarrada con tiras de tela. En su interior había varios papeles amarillentos y en uno de ellos se acreditaba a Chicha como práctico del Ejército Libertador y lo firmaba nada menos que Antonio Maceo.

Aquella cubana era la demostración de que en el pueblo había muchos patriotas, dispuestos a secundar a los jóvenes que habían realizado la proeza de rebelarse con las armas en las manos contra el régimen de Fulgencio Batista que desde el 10 de marzo de 1952 se había apoderado de la presidencia de la República.

El nieto de Chicha hizo lo que a la abuela no le estaba permitido por su avanzada edad: guió a los asaltantes durante dos horas y después de dejarlos encaminados, se retiró, no sin antes recibir la encomienda de parte de los bisoños combatientes, de enviarle recuerdos a la noble y maternal anciana.

Al conocer lo ocurrido en el Moncada, la reacción de los pobladores de la ciudad de Santiago de Cuba, extendida más tarde a toda la provincia, fue de solidaridad y auxilio a los asaltantes.

Se dispusieron a salvarlos de la represión, buscándoles refugio, ropas y alimentos, brindándoles atención a los heridos y procurándoles el modo de enviarlos a lugares seguros lejos del escenario de los hechos.

La población santiaguera contempló horrorizada el dantesco espectáculo de una rastra con cadáveres que circuló por la ciudad en pleno día en dirección al cementerio donde fueron tirados sin ninguna identificación. Al paso del macabro vehículo, las personas se descubrían en señal de respeto a los muertos, gesto que era respondido por los militares con bofetones y golpes.

Igualmente indignante para los santiagueros resultó la exhibición por parte de los uniformados de relojes, prendas y otros objetos personales que les habían arrebatado a los cadáveres de los asaltantes.

En vano la dictadura implantó una férrea censura de prensa. El contraste entre la opresión y la barbarie y la entrega desinteresada a la causa de la libertad, aún al costo de la propia vida,  quedó claro desde el primer momento.

Ya Fidel lo había anunciado en su vibrante manifiesto titulado ¡Revolución no, zarpazo!, dado a conocer pocos días después del artero golpe de Estado de Fulgencio Batista: “…la verdad que alumbre los destinos de Cuba y guíe los pasos de nuestro pueblo en esta hora difícil, esa verdad que ustedes no permitirán decir, la sabrá todo el mundo,  correrá subterránea de boca en boca en cada hombre y mujer, aunque nadie lo diga en público ni la escriba en la prensa, y todos la creerán y la semilla de la rebeldía heroica se irá sembrando en todos los corazones; es la brújula que hay en cada conciencia.”

Esa semilla estaba latente en la anciana Chicha, por eso no dudó en descubrirle su secreto a los nuevos libertadores.  

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