En librerías

Reino Dividido

Hay mucha poesía en el texto que Del Pino nos ofrece: la que está en la vida misma...

La vida es una cosa y la literatura  es otra ¿o es que acaso son lo mismo,  con singulares niveles de intensidad?  La vida es a la literatura lo que la  fruta a la semilla: la contiene, pero  aquella guarda sus esencias. ¿Sostuvieron  Pablo de la Torriente Brau y  Miguel Hernández las conversaciones  que pone en sus bocas Amado del  Pino? Probablemente no… Lo cierto  es que el dramaturgo cubano ha armado  un texto hermoso y verosímil  a partir de lo que pudo haber pasado  (en una dimensión íntima, rutinaria),  y de lo que en definitiva pasó (a  grandes rasgos, trágica historia). Así  se escribe un drama histórico que no  pretende ser un documento: la gran  historia ya está mal o bien contada;  la pequeña hay que inventársela.   

En Reino dividido (Ediciones  La Memoria, Centro Pablo), el texto  teatral que está a la venta en librerías,  Del Pino pone en el centro a  dos hombres míticos, criaturas sensibles  e inquietas: el poeta español  Miguel Hernández y el periodista  puertorriqueño (y cubano) Pablo de  la Torriente Brau. No quiere el autor  hacer aquí un relato biográfico, aunque  de paso termine esbozándolo. Le  interesa más pulsar los resortes que  mueven a un hombre (a estos hombres)  a enfrentar unas circunstancias  abrumadoras. Miguel y Pablo  son luchadores, gente inconforme y  amante de la justicia. Pero es el contexto  el que los convierte en hombres  de acción. Y el contexto es también  una telaraña tupida, de la que es difícil  —casi imposible— librarse. En  una guerra (como en todo) la neutralidad  no existe, es siempre aparente.     

La guerra civil española y la defensa  de la república ponen en el mismo  bando a dos hombres que tienen  mucho en común, pero que también  miran el mundo con diferentes ópticas:  Pablo es más diáfano, alegre,  optimista… Miguel parece marcado  por una maldición. Ellos son el hueso:  a su alrededor se forma un cuerpo  de personajes más o menos relevantes  que van participando, como si de  un juego o un sueño se tratara, en  el entramado de peripecias. La memoria  (con toda su carga de verdad  y de invención) es el medio: aquí los  escenarios no están definitivamente  establecidos, parecen ensoñación. El  autor se permite entonces “viajar”  en el tiempo, sin límites espaciales.  Los personajes, claro, son cuerpo de  esa irrealidad.     

Reino dividido tuvo hace algunos  años una puesta fiel e inspirada  a cargo de Argos Teatro. Pero el texto,  se sabe, tiene vida propia. Amado  del Pino, a partir de una investigación  profunda, ha podido recrear con  lirismo contenido, con sencillez sugerente,  el martirologio de dos hombres.  Hay mucha poesía en el texto:  la que está en la vida misma, mezclada  con el gris ordinario. Los artistas  nos la ponen delante. Amado del  Pino es un artista.