La caída de los faraones

Los acontecimientos que se desarrollan en Egipto son indicios de que la rebelión popular iniciada en febrero del 2011 marcó su impronta en esta nación de 82 millones de habitantes.

Los acontecimientos que se desarrollan en la República Árabe de Egipto son indicios de que la rebelión popular iniciada en febrero del 2011 marcó su impronta en esta nación de 82 millones de habitantes.   

La determinación de Mohamed Mursi —electo presidente en junio pasado y líder de la Hermandad Musulmana— de hacer valer sus facultades de jefe de Estado y la audacia política mostrada en medidas tomadas por su Gobierno, comenzaron a generar cambios,  calificados de revolucionarios, en la relación de poder entre la autoridad civil y la “vieja guardia” de la cúpula militar, que por 50 años rigió de forma autoritaria los destinos de la nación.    

En una decisión sorpresiva, respaldada por las masas populares, organizaciones    políticas, sectores religiosos y mandos militares, el presidente egipcio anunció la semana pasada el pase a retiro del ministro de Defensa y jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA), mariscal Mohamed Hussein Tantawi, de  76 años, quien encabezó la Junta Militar que autoasumió el mando tras el derrocamiento de Hosni Mubarak.    

Además del exministro de Defensa, Mursi licenció al segundo del CSFA, general Sami Anan, oficiales a los que distinguió con honores y el nombramiento como    asesores presidenciales.    

Otros tres militares removidos del CSFA —el jefe de la Marina, vicealmirante    Mohab Mamish, el comandante de la Defensa Antiaérea, Abdelaziz Saif el Din, y el jefe de la Fuerza Aérea, Reda Mahmud Hafez— recibieron en compensación    altos cargos en el sector público.    

En otra de sus disposiciones, el jefe de Estado derogó el anexo de la Declaración    Constitucional, promulgado el pasado 17 de junio por el CSFA justo al concluir los comicios presidenciales, que limitaba sus poderes y otorgaba mayores privilegios    a los militares, con lo cual restituyó las potestades que le competen en el orden ejecutivo y legislativo, así como la facultad de establecer las políticas públicas en el país, firmar tratados internacionales y el derecho a designar una Asamblea Constituyente, encargada de elaborar la nueva Carta Magna.    

Mursi se encargó de aclarar públicamente que tales decisiones no tenían que ver con asuntos personales o imposiciones, ni estaban encaminadas a avergonzar a ninguna  institución, y que habían sido acordadas con Tantawi, en beneficio de la    nación y del pueblo.    

No obstante, analistas consideran que si bien las fuerzas armadas conservan amplias prerrogativas y que el Presidente  islamista encontró una salida honorable a sus jerarcas, este aprovechó las rivalidades castrenses y el impacto causado por los ataques atribuidos a terroristas en la Península del Sinaí, para sustituir del mando al ministro de Defensa, desde hacía 20 años, y a Anan, jefe del Estado    Mayor de las Fuerzas Armadas, en demostración de su voluntad de limitar los poderes y controlar el aparato militar, con el que mantenía un serio conflicto.    

El general Abdel Fattah al Sisi, que se desempeñaba como jefe de la Inteligencia Militar fue nombrado ministro de Defensa, cargo que representa un ascenso de    jerarquía en el Gobierno, mientras que el general Mohamed el Asar, fue    promovido a viceministro del ramo.    

Al Sisi, de 57 años de edad, forma parte de una generación de oficiales del Estado Mayor que, al contrario de Tantawi o Mubarak, no participó activamente en la guerra contra Israel, y que, según medios de prensa egipcios, es considerado    como una figura cercana al Pentágono y al Gobierno de Washington.    

Estados Unidos, como Israel se han expresado con cautela y “preocupaciones”    por la decisión de Morsi de reemplazar a los altos oficiales del CSFA.    

En ese sentido, Jay Carney, vocero de la Casa Blanca, estableció que “es importante que el ejército y la dirigencia civil egipcias trabajen de forma estrecha para abordar los retos económicos y de seguridad que enfrenta Egipto”, mientras    que el Gobierno de Israel señaló que “es prematuro hacer evaluaciones, pero estamos observando lo que sucede con inquietud”.    

Los cambios que acontecen en Egipto no están acordes con los intereses    geoestratégicos de EE. UU. e Israel en el Oriente Medio, pero sí con los del pueblo egipcio, decidido a no retornar a la época de la tiranía militar pronorteamericana-    israelí, que sumió al país en la represión, la pobreza y la injusticia social.