El libro que le falta por escribir
Pequeña de estatura, menuda de cuerpo, Nydia Sarabia irradia energía a sus recién cumplidos 90 años. En un ameno diálogo que nos hace olvidar el paso de las horas, hace gala de su admirable memoria, que enhebra sin titubeos nombres y hechos desde la infancia hasta los más recientes. Y es que a esta incansable periodista e historiadora la edad avanzada no la limita para seguir escribiendo sobre los más disímiles temas que ven la luz en diversas publicaciones, enfrascarse en la redacción de su próximo libro y tener otros en proyecto.
Nos interesa un hecho tal vez poco divulgado de su existencia: ¿Qué representó para usted haber sido una de las reporteras que cubrió el juicio del Moncada?
Yo había empezado a trabajar como colaboradora en varios periódicos de Santiago de Cuba y el dueño de Radio Santiago me preguntó que si yo quería ir a cubrir el juicio por los sucesos del Moncada. Le respondí que yo nunca había reportado un juicio de esas características pero si había que ir, iba.
Fui allí sin un conocimiento político, pero era martiana y no me imaginé que en ese juicio mi pensamiento martiano me iba a abrir una brecha en mi vida, porque cuando le preguntaron a Fidel quién era el autor intelectual del asalto y él respondió: José Martí, me causó un gran impacto. Fui desde entonces fidelista.
No me enteré a tiempo del cambio de sede del juicio de Fidel para la Sala de enfermeras del Hospital civil Saturnino Lora y cuando llegué ya se había terminado. No obstante logré difundir por la radio lo que le había escuchado decir.
¿Cómo fue su acercamiento a José Martí?
Siendo niña de la escuela Spencer, en Santiago de Cuba, los viernes una maestra nos llevaba en un tranvía al cementerio Santa Ifigenia a colocarle una flor blanca a la antigua bóveda de Martí. Era una escuela pública yo estaba en tercero o cuarto grado, hice una composición sobre el Apóstol y me dieron el premio.
Mi papá no solo me hablaba de Martí sino que me daba a leer libros sobre él. Recuerdo que hice un artículo para la sección infantil de la revista Carteles, que se llamó El canario amarillo, porque yo tenía uno precioso que cantaba mucho, y apareció un día muerto. Y mi trabajo terminaba con los versos martianos: Pienso cuando me alegro, como un escolar sencillo, en el canario amarillo…..
Muchos años después fui responsable de la custodia de los documentos originales de Martí que entregó Gonzalo de Quesada Miranda.
Creo que con el artículo El canario amarillo me inicié como martiana, bueno, todavía no he terminado porque cuando escriben algo que no me gusta sobre Martí, me pongo mal.
Entonces ese fue su primer texto publicado en la prensa…
Realmente —sonríe— el primero que publiqué en la prensa de Santiago de Cuba fue mucho después. Yo estudiaba por el día en la Escuela Normal para Maestros de Oriente y por la noche en el Instituto ubicado en la Loma del Intendente (hoy Museo de la Clandestinidad). La bibliotecaria de la Normal, Rafaela Tornés, oyó a Lorca cuando estuvo en Santiago, era apasionada de su poesía y nos daba a leer los libros sobre él que tenía en la biblioteca. Se me ocurrió escribir de Lorca con motivo de su asesinato. Mi papá, Francisco Sarabia, que era periodista y me estimulaba a que yo escribiera, llevó el texto al director de Prensa Universal, que era entonces Vicente Pujal, y él me lo publicó.
Usted ha incursionado en los temas históricos a través del periodismo. ¿Qué cualidades considera que debe tener el periodista que escribe de esa temática?
Casi todos los grandes historiadores han pasado primero por el periodismo, es una práctica. El periodista es un investigador, no se puede desligar el periodismo de la investigación y en el caso de la historia es necesario acudir a las fuentes originales. El tema histórico es muy comprometido y a veces hay mucha divergencia de criterios.
¿Llegó a ejercer alguna vez el magisterio?
Me gradué en 1947 y como no había una escuela urbana disponible, me ofrecieron una rural y me encantó. Cuando llegué a mi escuelita, situada en Puerto Boniato, estaba en muy mal estado, logré repararla, le puse el nombre de Gabriela Mistral, y ejercí allí durante dos años, porque lo mío era el periodismo. Posteriormente, durante la guerra de liberación, la escuelita fue campamento del Ejército Rebelde y el ejército de la tiranía la bombardeó.
¿Qué significó para una joven cubana y martiana haber vivido en una etapa tan decisiva de nuestra historia como los años 50 del pasado siglo en Santiago de Cuba?
Mis escuelas revolucionarias fueron la Escuela Normal para Maestros y el Instituto, sobre todo la Normal porque la bibliotecaria, que siempre nos daba libros a leer, simpatizaba con las ideas de izquierda igual que nosotros; ella influyó sobre Floro Pérez asesinado durante el machadato, Frank País y muchos que pasaron por allí. Después del 30 de noviembre de 1956 me vinculé al Movimiento 26 de Julio. Armando Hart fue mi jefe en la lucha clandestina donde integré una célula de propaganda y después fue José Nivaldo Causse. En mi máquina de escribir tirábamos los stencil con los textos que iban a publicarse en Sierra Maestra, Vanguardia Obrera o Revolución . Venía una compañera que se escondía el stencil doblado en la saya y lo llevaba para tirarlo en el mimeógrafo. A nosotros nos tocaba repartirlos por célula cuando se imprimían. También estuve en la Resistencia Cívica. En 1959 fui a integrar el equipo de redactores del Sierra Maestra.
Todavía hoy sigue utilizando una máquina de escribir…
Sí, cuando aquella que usé en la lucha clandestina se rompió, Celia Sánchez se enteró. Se apareció el capitán René Pacheco con una maletica plástica verde lindísima y le pregunté si se iba de viaje. Me respondió que no y me pidió que la abriera. Cuando lo hago le comento ¡qué belleza de máquina de escribir! Y él me dijo: Te la manda Celia de regalo. Resulta que la firma Olivetti se la había obsequiado a Fidel y cuando ella le contó que la mía tenía problemas, aceptó que me la dieran.
Con esa máquina he terminado varios libros: de ellos dos están publicados recientemente: Pura del Prado, una voz en el océano; y Albores históricos: Cuba-Venezuela, una compilación de trabajos sobre nuestros dos pueblos. Tengo inédito un texto que para mí tiene gran importancia, titulado Cubanas durante la guerra civil española. Un cuarto se titula María Mantilla, más allá de la ternura, y contiene alrededor de 54 fotografías de ella que me facilitó su hijo. Está también Españolas de la guerra civil en Cuba, acerca de mujeres que pelearon en la guerra civil española y murieron en nuestro país y Eusebia Cosme, la rosa mulata, como la llamó Juan Ramón Jiménez.
En su obra se aprecia una vocación por reflejar las vidas de personalidades femeninas. ¿Le parece que la presencia de la mujer en nuestras luchas ha sido suficientemente divulgada?
Desde niña en Santiago de Cuba me hablaban de mujeres que habían participado en la independencia, como Mariana Grajales y María Cabrales. Cuando vine a La Habana después del triunfo de la Revolución me interesó la figura de Ana Betancourt, por ser la primera que en el contexto de América Latina reclamó los derechos civiles de las mujeres. Entonces empecé a trabajar el personaje con Gonzalo de Quesada, porque él era pariente de ella y tenía el diario de su esposo, Ignacio Mora, asesinado por los españoles. Mi primer libro fue entonces sobre Ana Betancourt, con prólogo de Gonzalo de Quesada. Después hice otro sobre Mariana Grajales y uno acerca de Carmen Miyares, titulado La patriota del silencio.
Considero que el tema de género se ha tratado bastante en Cuba pero no se ha abordado suficientemente el papel de las cubanas durante la última guerra de liberación. Se habla del pelotón femenino, de Vilma, Celia, Haydée, pero hace falta que los investigadores trabajen más la importantísima contribución de la mujer campesina de la Sierra Maestra.
Y de Celia, ¿qué recuerdos atesora?
La aprendí a admirar a través de los testimonios que yo recogía de combatientes, de personas humildes y me dije: esta mujer es fantástica, una personalidad, bueno, para estar al lado de Fidel tenía que ser muy inteligente.
Nos conocimos después del triunfo de la Revolución en La Habana, y años después fundé con ella y otros compañeros la Oficina de Asuntos Históricos del Consejo de Estado.
Celia era muy amable, honesta, sincera y cariñosa. Yo había hecho un intento de escribir sobre Vilma, porque fue mi vecina y amiga, conocí a sus hermanos, íbamos juntos a las fiestas de carnavales, estuvimos vinculadas en la clandestinidad, pero después de haber trabajado tan cerca de Celia, me di cuenta que otras personas podían escribir de Vilma mejor que yo, y que el próximo libro que debo escribir tiene que ser sobre Celia.



